Rememoro una y otra vez el día en que le enseñé a volar. Para qué semejante voluntad, si ella no tenía con qué remontarse. Pero era cabeza dura y lo consiguió. Aún sin elementos, vio la tierra desde arriba unos segundos, aunque luego se precipitara de un porrazo. Revolcada en el barro, todavía sonreía y movía las antenas con ese encanto tan pelirrojo. Después me abrazó con sus seis patas en una especie de ritual entusiasta.
Me viene a la mente el momento en que la vi por primera vez; estaba cargando esa hoja descomunal sobre su cuerpecito. La imagen me pareció tan grotesca que me precipité desde la altura y la contemplé oculto en un escondrijo. Después de luchar mucho tiempo, ya exhausta, la dejó sobre el suelo. Nadie venía en su auxilio y parecía habitar la desolación, tenía en la cara ese resplandor que da cuando se tiene ante los ojos un sueño muerto. Y de eso yo sabía mucho, así que salí para ayudarla. Cogí la hoja con mis patas delanteras y, valiéndome de mis alas, la acompañé hasta el hormiguero. Fue a partir de allí que su aroma me transformó en un ser débil, embrujado.
En el fondo sabía que lo nuestro ostentaba un futuro imposible. Ella tenía una familia tan organizada que me sentía acomplejado. Yo estaba solo y era un completo desastre, dormía donde me daba la noche y comía cuando podía, por lo que nos veíamos a escondidas de sus hermanos.
Todo ese tiempo la amé con una intensidad inconsciente, incluso olvidándome de quién era. Creo que ella también me adoraba, aunque esa maldita tarde en la que subió el río prefiriera seguir siendo una hormiga.
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| Foto Nicholas Hendrickx |
Me viene a la mente el momento en que la vi por primera vez; estaba cargando esa hoja descomunal sobre su cuerpecito. La imagen me pareció tan grotesca que me precipité desde la altura y la contemplé oculto en un escondrijo. Después de luchar mucho tiempo, ya exhausta, la dejó sobre el suelo. Nadie venía en su auxilio y parecía habitar la desolación, tenía en la cara ese resplandor que da cuando se tiene ante los ojos un sueño muerto. Y de eso yo sabía mucho, así que salí para ayudarla. Cogí la hoja con mis patas delanteras y, valiéndome de mis alas, la acompañé hasta el hormiguero. Fue a partir de allí que su aroma me transformó en un ser débil, embrujado.
En el fondo sabía que lo nuestro ostentaba un futuro imposible. Ella tenía una familia tan organizada que me sentía acomplejado. Yo estaba solo y era un completo desastre, dormía donde me daba la noche y comía cuando podía, por lo que nos veíamos a escondidas de sus hermanos.
Todo ese tiempo la amé con una intensidad inconsciente, incluso olvidándome de quién era. Creo que ella también me adoraba, aunque esa maldita tarde en la que subió el río prefiriera seguir siendo una hormiga.




