Extraña dolencia

Foto Christophe Gilbert
Antes de ser olvido fue que me ocurrió esto terrible. Iba como cada mañana a la panadería y un vecino me alertó "Señor, se le ha caído algo". Yo volví presuroso sobre mis pasos y recogí esa cosa. La levanté del suelo con delicadeza, la limpié y me la guardé en el bolsillo del saco sin saber qué era.
Pero no sé cómo se me coló dentro y mi piel fue tomando un tono inquietante. Era como un resplandor rojo que, cuando se escapaba de mi cuerpo, teñía todos los rincones de mi casa. De pronto me sentía una persona feliz, producto de ese extraño mal.
No había una sola foto donde no se viera esa transformación. Mis ojos marrones se volvieron colorados, hasta la boca y los dientes se me fueron manchando.
Los niños me tenían miedo. "Ahí viene el loco rojo!" gritaban y de vez en cuando volaba algún piedrazo en mi dirección.
En ningún hospital pudieron determinar cuál era mi afección. Mis síntomas eran sobre todo nocturnos: padecía de sueños libertarios y varias veces estuve a punto de morir por alguno. Pero al no tratarse de bacterias o virus, me mandaban de vuelta sin diagnóstico. Según los doctores, morirse en sueños no era peligroso y ninguna enfermedad provocaba ese bienestar tortuoso.
Hasta que un día se acabó el tiempo de la cuarentena. En vez de soñar con revoluciones comencé a desear un par de pantuflas o una alfombra nueva. De inmediato volví a mi color habitual y la gente dejó de asustarse. Me sanó la tristeza de ser uno más.

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A sus casi cuarenta años descubrió el secreto. No había dios que le quitara la satisfacción. Era feliz porque alguien la cuidaba. Por primera vez en su vida estaban pendientes de ella y la arropaban, le brindaban ungüentos curativos y recetas de abuela. Y en las tardes de lluvia sonaba su teléfono, mientras las calles se llenaban de paraguas. Había cartas apasionadas disputándose sitio en su buzón, junto a las cuentas de luz y gas.
Y los domingos dejaron de ser insufribles para hacerse cortos, demasiado breves para tanta mantita y cine improvisado, para un horno que producía bizcocho de naranja y chocolate por doquier. Y comenzó a soñar bien abrazada, a encontrar razones para todo. A compartir temores sin miedo.
Hasta que un día al entregarse al placer se quitó la piel. Y se confundió con su amante en tal suerte de menjurje que nadie fue capaz de desenredar.
De tal entramado de tripas llegaron otros ojitos negros a poblar este mundo, acariciaron el lomo de la bestia ancestral hasta despertarla. Y como era de esperar reclamaron la misma oportunidad.
Sólo nosotras tres fuimos capaces de darle la bienvenida al espanto. Se lo avisamos. Lástima que en temas de amor nadie se fíe de unas musas.

Caza


Foto Christophe Gilbert
Te lo había advertido, “no vuelvas”.
Rompiste la puerta hasta sangrarme.
Tu nostalgia anidó en mí.

Ahora tengo un hueco entre los brazos
que exige alimento.

Y adorno mi sexo.
Otro fuego me abraza
y me entrego sin armas.

Por fin.
Ya no seré tu agua
pero tampoco serás mi sed.

Muñeca rusa

Dentro de mí se despereza una mujer. Posee un vientre sin estrenar donde la sangre dibuja caminos. Exhibe una belleza extraña porque tiempo atrás el dolor le desolló la piel. Las uñas se le incrustaron en la soledad hasta sangrar pero, poco a poco, recupera sus pedazos.
Converso con ella en la intimidad y los domingos salimos a que nos dé el sol. Su risa posee una estridencia poderosa y sensual; parece brotarle del pelo, de la cintura, de todas partes.
Esas caderas rojas han amparado el deseo, se han dejado llevar al lugar donde el amor explota de manera imprevisible y sus fluidos son deliciosos.
Acostumbra andar desnuda dentro de mí. Y la gente comenta, pero a ella no le importa. Tiene unos pechos cálidos y una fragilidad de hierro que me ampara del horror.
Cuando permanece callada toco su boca, que es de la medida exacta de la mía. Descubro el santuario secreto donde se atrinchera la humedad. Me revuelco en sus entrañas, festejo ese par de piernas que darán a luz a la humanidad que reste. Despacito, acaricio el silencio y, sin querer, me ocurre el milagro de ser ella.