![]() |
| Foto Christophe Gilbert |
Pero no sé cómo se me coló dentro y mi piel fue tomando un tono inquietante. Era como un resplandor rojo que, cuando se escapaba de mi cuerpo, teñía todos los rincones de mi casa. De pronto me sentía una persona feliz, producto de ese extraño mal.
No había una sola foto donde no se viera esa transformación. Mis ojos marrones se volvieron colorados, hasta la boca y los dientes se me fueron manchando.
Los niños me tenían miedo. "Ahí viene el loco rojo!" gritaban y de vez en cuando volaba algún piedrazo en mi dirección.
En ningún hospital pudieron determinar cuál era mi afección. Mis síntomas eran sobre todo nocturnos: padecía de sueños libertarios y varias veces estuve a punto de morir por alguno. Pero al no tratarse de bacterias o virus, me mandaban de vuelta sin diagnóstico. Según los doctores, morirse en sueños no era peligroso y ninguna enfermedad provocaba ese bienestar tortuoso.
Hasta que un día se acabó el tiempo de la cuarentena. En vez de soñar con revoluciones comencé a desear un par de pantuflas o una alfombra nueva. De inmediato volví a mi color habitual y la gente dejó de asustarse. Me sanó la tristeza de ser uno más.



