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Aptitud

Foto Antonio Más Morales
El día que descubrió que su vida era la más miserable de todas, se sintió feliz: al fin destacaba en algo.
Sus enemigos lo adoraban por ser un adversario ideal, siempre abatido a priori. De repente se desayunó con incontables admiradores, medios de comunicación de prestigio que lo requerían en sus reportajes y muchachas de toda etnia cautivadas por su pena superlativa.

Nada podía entorpecer su menester, su triste récord evitaría que fuese uno cualquiera para la historia del mundo.
Y dolió como el que más, hasta que llegó –como suele ocurrir en estos casos– el amor a arruinarle el talento.

Retrato

Era cabeza dura. “No te subas ¡Te vas a caer!” Y se caía, nomás. “No escribas las paredes con crayón” Y aparecía un retrato familiar en la entrada de su casa materna. No lo hacía adrede, más bien era un militante involuntario de lo indebido.
Así creció, sin pedirle permiso a nadie para experimentar. Fue al colegio disfrazado de chica; entró a la piscina vestido con ropa de su padrastro; se hizo pasar por instructor de trapecio y faltó a su propia boda, alegando tener demasiados compromisos.
Sebastián era peculiar y disfrutaba con ello. Ya era adulto cuando estudiaba Licenciatura en Arte en la Universidad de Bologna. Y ahí andaba la última vez que lo vi, como crítico experto despreciando lo que otros alababan, porque decía “alguien tenía que hacerlo”.

Apología de la pérdida

Foto Herr Buchta
Dios… es la primera vez que amanezco sin la de antes ¿Dónde estaré? A ver debajo de la cama… no. En el cesto de la ropa sucia… tampoco. Ya sé, me debo haber olvidado en el horno… no hay nada. Caray.
Bueno, tranquila. Inventario de este yo nuevo: ojos uno; dos bocas; veintiún uñas; libertad; cientos de muelas; varios brazos; intuición; algunas piernas; vergüenza…
Unos mates amargos… ah, que ahora me gustan con miel. Le convido al que está al lado… pero no toma. Voy al trabajo… les explico que soy yo aunque sea otra -a ver quién lo entiende-. Vuelvo a casa… cierto, no vivo más ahí.
Camino. Los recuerdos nuevos son esqueletos quiméricos. Las calles parecen recién estrenadas, la lluvia ya ha cesado. ¿Dónde estará el yo viejo? No dejo de pensar en él -el maldito antes y su dulzor rancio-.
BASTA. Me prometo “Si parás de moquear, vamos a tomar un chocolate con churros”. Esquivo las baldosas flojas. Por el suelo hay fragmentos de muñeca. Las esquinas huelen a fritura y a cacao enajenado, y siento una nostalgia rara. Pronto otra se despertará sin mí.

Sin palabras

Apártese, hágame un lugarcito. Yo sé que el infierno no es el mejor sitio para refugiarse de la lluvia, pero no vengo aquí por vicio sino por falta de imaginación.
Hoy no voy a hablarle de amores perrunos. Tampoco encontrará en este espacio versos lascivos o personajes que se devoren el cuerpo y la soledad. No. Hoy llueve a baldes y las palabras están como locas saltando charcos; se divierten con gerundios impresentables, adjetivos a mansalva y faltas de ortografía. Son unas desfachatadas, si viera cómo juegan bajo la lluvia -se retuercen, cantan, se desnudan, se revuelcan, gritan-. Y me dieron instrucciones precisas: si preguntan por ellas debo realizar un gesto obsceno que no voy a reproducir por decencia (no insista).
El caso es que nos hemos quedado solos. Estas no volverán a tristear de la manera en que solían hacerlo. Y ahora hasta se cag.. en los amores no correspondidos, fíjese qué descaro. Y en el pasado también. Pero no se preocupe… ya parará la lluvia y ahí las quiero ver a estas palabras, el viernes que viene: cansadas y mansitas, las quiero ver…

Rendija

La mujer está aterrada, ha descubierto que está rota. Sus entrañas se hallan cerca del mundo y eso es difícil de soportar. A ella le gustaría tener uñas entre las piernas para defenderse, mas la violencia de su sangre es inerme.
Fantasea con ser una espía de sí misma y esconderse en su propio cuerpo, indagar la belleza muda de quienes la acompañan en la cama y el sueño. Pero es torpe y la acomete un ataque de hipo cada vez que pretende pasar inadvertida. Sin querer, su semblante avisa de éxtasis y desolaciones.
A veces el orgasmo se la lleva a pasear un rato, la arranca de sí. Luego regresa a su piel -satisfecha, luminosa- y siente como si un frío se colara por las ventanas. Observa alrededor: está todo cerrado y él duerme ceñido a su talle. Se descubre viva en ese escalofrío. Y como quien reza a un Dios sordo, comprende el para qué.

Conversación robada

Están sentados a la mesa de un bar. Con la cara luminosa, él murmura
“¿Te dije cuánto me gustás? Siento que sos una persona maravillosa. Desde que te encontré ocupás un sitio importante en mi cabeza. ¿Existís de verdad o sos una fantasía mía? Que no te conozco tanto, decís. Es cierto, sin embargo no me hace falta. Te he espiado estos meses…tu día a día. Sé todo sobre vos. Además tu piel fue un descubrimiento hermoso: tu forma de abrazar, tu perfume. No te rías, de verdad. Algo tuyo me hace bien. Es una lástima que quiera a otra persona”.
Ella baja la vista, se busca en el reflejo del vaso.

Piedra libre

Foto Nicholas Hendrickx
Cuando me di cuenta de lo que pasaba tuve miedo. Todos sentenciaron “está loca” amparados en sus cárceles de cemento. Engrosaron los barrotes, cerraron las ventanas y desaparecieron. Afuera quedamos mis recuerdos y yo como perros bajo la tormenta.
Acostumbrada a la soledad, caminé hasta la estación. Una risa antigua me creció desde los pies, burlándose del dolor. Las carcajadas retumbaban en la ciudad desierta. Me subí al primer tren que pasó y busqué la ventanilla. A través del cristal sucio contemplé mil formas, edades, colores. Un vértigo de casas humildes, revoltijo de coches, chatarreros, animales heridos, ríos secos. A medida que me alejaba se hacía de noche. Tuve un presentimiento y me bajé en un descampado. Oí ruidos. Tras un matorral pretérito, una nena jugaba a las escondidas.

Desde que hallé mis ocho años juego a vivir: aunque me descubran, aunque a veces pierda.

Origen

Llegó a su casa y colgó el abrigo. Se quitó la corbata y los zapatos. Comenzó a desnudarse: primero la camisa, los pantalones, la ropa interior. Se rasuró el cabello y la barba. Afeitó con cuidado el pelo del pubis y del pecho. Se arrancó las uñas, luego la piel y los dientes. Los órganos se desprendían con facilidad de la carne, excepto los pulmones que debió forzarlos. De haber tenido boca se habría bebido su sangre porque tenía sed. Sólo le quedaban los ojos y las manos, que como títeres colgaban de la gran mancha púrpura. Colocó las tripas a un costado y se observó ya sin cuerpo en el espejo del cuarto. Esa noche se acurrucó en la cama y, después de flotar en un líquido baboso, nació.

Animal de ciudad

Foto Robert Gligorov
“Las palomas son asquerosas” masculló mientras cruzaba la plaza. Tenía la boca helada de tanto beso ausente. En los pies, los zapatos gastados se hacían tétrica compañía. “Mi vida es una mierda”, volvió a proferir para sí, como si la piel fuese un confesionario. Se sentó en un banco. Alrededor había botellas rotas y alguna que otra mancha de orín. Sintió asco. “Me iría de aquí”, amenazó a la noche en voz alta. Pero nada pasaba. Alrededor las luces hediondas se reían de él. Sabía que le quedaba poco tiempo, tal vez menos del que suponía. Pero la sangre se le había impregnado con el perfume de aquella mujer y no había dios que le quitara la soledad de encima. Su traje estaba gris y se recostó acurrucando las piernas contra el pecho dolido. “Mañana será otro día”, se mintió. Y una vez dormido, de su cuerpo le brotaron dos alas mugrientas.

Migración

Foto Dave McKean
Estas palabras rojas lamen tus ojos, mi sangre busca la cadencia de tus venas. Sin embargo casi he dejado de existir, de la que fui no queda más que este desgarro. Dentro de mí hay una torpe inquilina; mi esencia es un criadero de polillas y los recuerdos huyen para no ser engullidos.
¿Cómo decirte que tu voz aún me falta cada tarde, que la distancia a tu piel me resulta insoportable y la noche tiene tu nuca? Este mensaje absurdo no encontrará jamás la textura de tu cuerpo. Sobre el papel mis dedos gritan buscando tu temperatura.
Ahora un perro rabioso me devora las entrañas. El animal mastica esta hermosura negra, una belleza podrida que es ahora de nadie. Mientras se disuelve mi memoria, el vacío me besa con tu boca. Luego los insectos voraces podrán migrar hacia otros muertos.

Círculos

El día en que esa mujer entró al consultorio se acabó todo. Mi esposa era una excusa para no acercarme a su oído y susurrarle “algo tuyo me vuelve loco”.
Foto Chema Madoz
No me atreví a tanto y esa noche regresé a casa con un cansancio extraño. En mi cabeza se representaba la imagen de su vestido, la música de sus pies deslizándose por el suelo de madera. Y la imaginé desnuda hasta agotar los modos de poseerla.
En casa esperaba Laura como todos los días. Apenas me recibió supe que había tenido un mal día. Los niños gritaban en la habitación contigua y percibí que era el momento de entrar, acariciarles el pelo y tranquilizar esos juegos salvajes. Así lo hice. Atravesé el pasillo mientras Laura relataba su jornada cual cronista que comenta la jugada decisiva, el momento culminante en el que el delantero trastabilla y asume la derrota de todo el equipo. Monologaba mientras recogía ropa. Me sentí aliviado de que no reparara en mí.
Mientras veía jugar a mis hijos sentí bronca. Maldito alarido íntimo. Quise volver a vivir con naturalidad la indiferencia de Laura y contemplar el paso del tiempo sin sobresaltos. Ya había comprendido que eso no era posible cuando Laura se insinuó semidesnuda y se recostó a mi lado. Yo quería dormirme, sentía la sangre amarga y lenta. Puso su mano en mi vientre, me acarició el pecho, acercó su boca a la mía hasta que anuncié “Mañana me voy”. “¿Más trabajo fuera?” me preguntó en un tono rutinario, pero con una inusual fortaleza respondí: “No. Ya no vuelvo”. Me miró con horror. Hubo un silencio largo y a la mañana siguiente cumplí mi promesa.
Llegué al trabajo algo confuso. Esa misma tarde atravesó la puerta del consultorio la mujer del día anterior. Estaba visiblemente triste. Me acerqué despacio, me animé a colocar mi mano sobre su hombro y entonces me lo confesó: su marido se había ido de casa. Tomamos un café y le pregunté su nombre. “Laura es un bonito nombre” proferí, mientras su piel resplandecía bajo la blusa.

Juguete muerto


Foto Rodrigo Adonis
Ese día empecé a sospecharlo. Un beso profiláctico me había despertado. Era ella. Su lengua de plástico recorrió mi cuello. Un estremecimiento de nylon y un “buenos días” me devolvieron a este mundo. Me miré las manos impecables, las uñas siempre cortadas con exactitud cirujana; sentí la mirada inalterable, la boca seca. “¿Qué hora es?” le pregunté somnoliento, “Demasiado tarde” balbuceó y se recostó a mi lado. Permanecimos inmóviles viendo el reloj y descubrimos que estábamos hechos del mismo material. “¿Funcionas aún?” dije, rompiendo el silencio. “Creo que sí ¿Quieres probarme?” y nos enredamos en esa comprobación. En su pecho algo quería estallar. Un Tic-Tac ensordecedor me temblaba a mí también. Su mirada vidriosa estaba a punto de romperse, su figura se contorsionaba sin espasmos bajo mi cuerpo. “Siento que ya no”, sentencié. Ella se puso triste. Encendí un cigarrillo. Nos miramos con miedo. Me abrazó. Antes de cerrar la puerta, dejó en las sábanas su perfume de muñeca nueva. Fui hasta el espejo y ahí la vi. En mi frente podía leerse la maldita fecha de caducidad.

El vuelo

Foto Nicholas Hendrickx
Me acaricia. Una suavidad exquisita desata mi piel. Me refugio allí, mi boca se agita. Las palabras callan, al fin se callan. Sólo se escucha un rugido de tripas sobre la cama deshecha. El dolor viaja hacia un continente que no existe, lleva su maleta cargada de domingos. Me pierdo en su perfume. Dejo que me invada, que mastique mi soledad hasta desnudarme entera. El deseo me estruja de dientes el alma y la risa rebota contra las paredes quietas. Mis manos juegan sobre su espalda y descubro a esa mujer que no ha muerto. El sudor tiñe de sábanas la espera; se escuchan sonidos guturales que festejan el cuerpo. Mientras tanto, afuera la sombra deviene silencio. Aquí mi boca recorre esta dulzura nueva, acepta gozosa la invitación al otro. Sus brazos comprimen mis miedos; una nariz aspira mi nuca y se abre paso por mi pelo. Esta penumbra está llena de caricias: no sé de dónde vienen, desfilan en secreto por mi cuerpo. Un ahora pequeñito combate con la lengua los cadáveres del tiempo. Sin querer, me quedo dormida y amanece. Un barrilete rojo me sueña dentro.

Evocación del otro

Hoy hace un año que murió mi yo. Era uno pequeñito que llevaba en la sangre. A menudo lo extraño, aunque reconozco que andar sin mí me produce cierto alivio. Es contradictorio. Será que en el fondo no puedo acostumbrarme a una piel que se ha exiliado de sí misma.
Sé que hay gente que exhibe su vacío con orgullo, que ha dejado su yo pasado atrás. Pero en mi caso siento nostalgia de la risa antigua, del sabor de mi casa, de las luces estalladas por la lluvia y los domingos en que otros ojos, ya no estos, miraban el mundo sin pesadillas.
Era un yo algo atropellado, celoso e impredecible, pero sabía volar con todo el cuerpo. A veces me pregunto si encontraré otro parecido. No es que el que me habita ahora me parezca despreciable, lo que ocurre es que el otro había compartido conmigo los juegos de la infancia y echo en falta sus aromas. Era un yo más gozoso que se estremecía con facilidad; este es sensato y lo calcula todo, como un gran matemático de las caricias.
Hoy me he despertado añorando al yo que se desnudaba sin hacer preguntas. El mismo que esa última tarde apretó los dientes y te dejó ir.

Delicatessen

Querido blogvidente, hoy en las musas llevaremos a cabo una receta muy especial, a pedido del exigente público que nos visita. Tome nota porque en esta ocasión necesitaremos:
Foto Brian Walker
* Años de vida junto a alguien.... algunos
* Bol……………………….................. uno
* Huevos……………….................... un par
* Leche de buena calidad.... 1L buena leche
* Entereza………………………....... una pizca
* Amante......…………………......… uno/a

Comience por poner todos los años en el bol: vaya agregando de a poco los viajes compartidos, amigos en común, divertidas tardes y charlas apasionadas en la intimidad. Ponga el par de huevos (y si no le quedan: ovarios, que para el caso es lo mismo). Deshaga todo muy bien para que no se le hagan grumos (no se confíe, que el amor es duro de roer), hasta que quede bien negado. Una vez mezclado (su olfato le dirá que ha valido la pena lo vivido, mas no se asuste), es el momento de volcar la (buena) leche: pero en el suelo, no en el preparado! Y cuidado con esto último que es un detalle muy importante.
Ha llegado el momento de buscar la ayuda de un amante (trate de que sea de buena calidad, en lo posible). Embadurne con excremento de perro un molde, el más feo y sucio que encuentre (si tiene alguna cucaracha mucho mejor, que tenga sustancia). Vuelque el preparado de recuerdos en él con ayuda de su colaborador/a. Este es el momento más difícil, ahora necesitará la entereza. Introduzca el molde en el horno. Que su ayudante tienda el mantel (o las sábanas). Una vez haya pasado tres horas a máxima temperatura, saque el (ya asqueroso) preparado, resérvese una parte y tírelo a la basura, sintiendo con placer cómo le sube la náusea a la garganta. Después de haber probado el primero: le aseguro que cualquier vida que tenga le parecerá el paraíso. Y agradecerá el olvido.

Amores difíciles

Estaba harto y no te dabas cuenta. Corría tras la bola todo el día como un miserable. “Qué hermoso que está Panchito ¿qué alimento balanceado le das? A ver si una tarde de estas lo cruzamos con mi pekinés”. Guácala. Profundo asco me dabas regodeándote con las palabras de la vieja del quinto. Yo meaba su alfombra cada vez que se daba la oportunidad, acaso ¿qué otro poder de venganza me ha sido otorgado más que esa necesidad fisiológica? “No pasa nada, ya lo limpio yo”. Y te morías de vergüenza, pero sabías que hubiese hecho cualquier cosa con tal de no rozarle la correa a esa perra espantosa.
Nunca pensaste en mí. Qué culpa tengo yo de haberme enamorado de la veterinaria. Y no me repitas que no era de mi especie ¿qué más da? Acaso ese fantoche que te frecuentaba y que parecía de la tuya, ¿lo era? Y si lo era, ¿por qué llorabas así el otro día en el salón? Y yo fui a consolarte, te llevé esa bolita ridícula que tanto te gusta y te lamí la mano por compasión, sólo por compasión.
No puedo olvidar aquella tarde horrible. El olor a desinfectante, esa sala fría donde estaba ella esperándome con el bisturí. Enseguida olí el vestido que se dejaba entrever debajo de la bata y me excité. Tuve un presentimiento extraño. Estaba preciosa y sus dedos se acercaron a mí, me dejé acariciar. Hasta que te enumeró las ventajas “…reduce las montas no deseadas, el marcaje incontrolado con orina y la agresividad frente a otros perros”. Entonces pensé clavarle los dientes, hacer sangrar sus manos de muñeca infame, pisotearla, huir. Pero cual idiota, digno de tu especie, permanecí subyugado mientras el filo se ahondaba en mi descendencia para siempre.

Éxtasis

He muerto dos veces, ha ocurrido sin querer. Recuerdo que apagué la luz y te besé despacio. Transité tu piel, me bebí tu cuerpo crudo. Estaba desnuda y tenía miedo. La sangre se amotinó, me nacieron pájaros de los pies y ocurrió lo esperado: la vida fue ese gato ciego que gimió en la ventana.
Un momento después, todo fue silencio. Dibujé con la lengua un adiós bajo las sábanas. Me despedí sin manos, sin pañuelos ni lágrimas. Cerré los ojos cerca de tu risa húmeda. Era un “hasta luego”, pero no sé qué viento infame me empujó a saltar lejos. Amanecí en esta cama y no ha habido noche desde entonces sin tu boca, nunca más.

Pesadilla de un gótico

Desde el momento en que la conocí se apoderó de mí esa ingenua epidemia: comencé a soñar con hijos y una casa con jardín.
No crean que emocionarme con las canciones de moda significara motivo de gracia alguno, el hecho había llegado a preocuparme. Me percaté de que, poco a poco, la situación se agravaba. Hasta conseguí escribir la palabra “crepúsculo” sin que ello me produjera rechazo.
Los domingos a la tarde me daba por recitar poesía. Almorzaba con líneas de Antonio Machado en la boca. Los versos del capitán de Neruda me acosaban los días de lluvia. Al lavarme los dientes, me brotaba un Romancero Gitano del estómago. Solía encontrar a los poetas de Portugal de Gelman, desparramados en mi cama con una naturalidad indignante.
De pronto, bailar con la ropa tendida se había convertido en una experiencia semanal. Las camisas flameaban entre giros y se liberaban de sus broches de madera, hasta yacer revolcadas por el suelo. Mis vecinos estaban turbados. La señora del perro raro tironeaba la correa con nerviosismo por creerme un espécimen peligroso.
No había duda, me había convertido en un ser enamorado con seria propensión a los adornos de cristal y a las flores de plástico. Empezaban a dibujarse en mi mente corazones y toda suerte de elementos primaverales.
Sin embargo, yo había sido precavido. En ese caso, les había dejado a mis amigos claras instrucciones de envenenamiento. Por eso, cuando Eleonora se acercó con la taza de té no tuve dudas. Lo que no supuse es que se la bebería ella misma, después de confesarme entre sollozos que era demasiado tarde, que ya me amaba.

Revelación

Foto Miguel Oriola
En el sueño que tuve me precipitaba al vacío. He amanecido sobre un colchón blanco con algunos moretones.
¿Dónde estuve? No lo sé, pero viajé toda la noche y me siento agotada. A mi lado una sombra me da los buenos días, yo que creía que la había dejado. “Qué incómoda es tu maleta” me susurra en tono de burla, al oído. Escapo de su lado.
Hoy tengo gusto a fantasma en la boca y en el espejo mis propios dientes se ríen de mí por considerarme inofensiva.
En el café con leche leo las noticias del día. ¿Es posible leer el líquido y beberse el periódico? No lo tengo claro, sin embargo ahora mismo ese es un detalle sin importancia.
Afuera el mundo se desmorona con dignidad grisácea. Hay voces que discuten, pájaros que emiten gritos desde sus jaulas de óxido y perros rebeldes atropellados por coches. A través de las ventanas las calles son estrechas y dan la sensación de ser meros pasillos.
He venido hasta aquí para que alguien me revele a qué especie pertenezco. Pero esta mañana de domingo el timbre está mudo, así que dejaré la ventana abierta por si ocurriese algún milagro antes del salto final.

Musaraña

Cuando me despierta este aullido, saboreo el infierno. El vacío me despedaza el cuerpo.
Todavía me parece una invención tu ausencia. Reconozco la sombra que impregna las paredes y siento una piel ajena que me pesa sobre los huesos. Me tropiezo con tu voz mientras tu nariz estornuda en la sala. Compruebo también que te has olvidado la risa en un cajón. Encuentro tus pies al ponerme los zapatos. Me muerdo tus uñas con tus dientes y me pregunto cómo diablos te arranco de mí.
La receta del olvido es a veces amarga. Al hacer el amor, se me escapan gemidos de tus entrañas negras. Desayuno con fantasmas y los beso con tu boca. Aunque no te nombre jamás, te convido mate y me duelen tus muelas, mientras el noticiero de las siete exhibe los lugares dónde no estás.
Pero hoy, querido espectro, he venido a despedirme. La casa donde nos amamos quedará sin mi ropa, se desnudará de mí. Lentamente, también se vaciará la que fue nuestra cama. Y por fin, no sin tristeza, habré sacrificado al animal acorralado que me sangra.