La caja

La mujer arrojada a la caja del olvido aún respira. Tiene el cuerpo dolorido. Un rayo de luz entra por una grieta del techo. Ve que la rodean cientos de objetos y se incorpora, camina entre ellos. Se topa con soldaditos enterrados en la infancia, hasta con un limonero. Hay olor a césped recién cortado. Se da cuenta que se halla atrapada en la desmemoria de alguien.
Ahora la inmensa caja de cartón huele a zanja. Sigue esquivando cosas a su paso. La mujer lleva un vestido rojo. Sus manos rascan las paredes gruesas pero no hay salida. Grita y no se reconoce al escuchar su propia voz.
Revisa los objetos en busca de una herramienta que le permita escapar. Estos vuelven de inmediato a su posición original. Encuentra su risa en una foto. “También se ha olvidado de esta” se dice con tristeza. Escucha una conversación de amor, la acústica es buena. También oye gemidos y risas antiguas.
Está agotada. Se queda dormida y sueña. En su sueño, la mujer es libre. Percibe caricias y un “buenos días”. Allí hay un domingo de mates en la cama y cerraduras que hacen ruido y anticipan besos. En su sueño, unos ojos negros la observan con ternura.
Pero se despierta sobresaltada por un golpe. Alguien ha arrojado más cosas dentro de esa caja donde se encuentra. Ahora a su lado hay una pila de palabras. Algunas son pequeñísimas y no puede leerlas. De repente una sombra le afirma “Te he visto antes”. Camina hacia ella. El espectro tiene las caderas anchas. Lleva el pelo recogido. Ahora puede ver que posa su mirada hermética sobre el vestido rojo. Parece acostumbrada al olvido, la mira con desprecio.
La mujer se esconde y siente un terror que la recorre entera. Solloza tapándose la boca en la caja del olvido. No sabe rezar. Llora como si fuera la primera vez o la última. Escucha los pasos de la sombra que se acerca. Es entonces cuando observa que la mancha de agua ha perforado el cartón. Y consigue escapar.

Frágil

Foto Arnildo
La materia de la que está compuesta la sangre: se rompe.
Basta un soplido en ella para que las arterias exploten.
Las vías por donde circula el deseo se colapsan.
Y lo que era caricia se transforma en penumbra.
Las uñas son llagas; la boca, beso deslenguado.
El tiempo, paulatina muerte; la soledad, multitud rabiosa.
Todo se modifica si las manos tocan ausencia.
Cuando la cama es un barco a la deriva
uno se harta de extrañar.
Y no queda más remedio que beberse a sí mismo,
después de brindar con una copa rota
por lo que fue.

Amor II


Foto Antonio Mas Morales
Había algo en ella que le decía que aún quedaban cartas sin escribir, discusiones políticas, domingos invernales en la cama. También broncas por quién debía lavar los platos, carcajadas, hijos esperando nacer, sábanas manchadas de placer y piel por acariciar.
Cientos de palabras giraban a su alrededor como moscas. No sabía qué significaba una en particular. O le parecía una cursilería. "Qué palabra de mierda", mascullaba.
Pero esa palabra-gusano se le había metido en las entrañas y tenía miedo de lo que pudiera hacer por su causa. "Estoy enferma", se decía. Y ante la menor duda, lo observaba buscando ese algo que los distanciara, que la redimiera. Pero nada.
Hasta que una mañana se despertó y notó algo extraño. Una mirada ausente, un abrazo torpe, un desprendimiento.
Juntó coraje sabiendo que ese podía ser el instante propicio de emancipación de aquella maldita palabra. Y volvió la mirada sobre él, que ya no estaba.
El primer día de libertad fue algo raro. El gusano ya tenía prole dentro suyo y ahora conformaban una gran familia. Su cuerpo se había convertido en un tejido desesperado de palabras. Y para colmo, eran palabras de amor.

Pozo

Me sorprende esta tristeza de muñeca rota.
Un mundo acuático palpita en mí.
Sangra la grieta por donde se escapan besos.
Los relojes se niegan a detenerse.
Las manos se diluyen.
Y amo, huyo, encuentro;
duelo, extraño, amo
tu perfume ausente.