La narradora de esta historia no recuerda si lo leyó o se lo contaron. En una escuela, en medio de la clase, un maestro les mostró dos fotografías a sus alumnos. La primera era de un hombre negro. En la segunda se veía a un hombre de piel blanca y mirada angelical. Les explicó que uno de ellos era un asesino genocida y el otro un defensor de los derechos humanos. A continuación, el docente los animó a que adivinaran cuál era cuál. La mayoría, sin dudarlo, señaló al hombre negro como el asesino. El primero era Martin Luther King. El otro, Alfredo Astiz.Nuestra mirada nos traiciona. Como esclavos de la desinformación, nos llenamos de prejuicios falsos, nos vaciamos de sentido. Somos objetos, humillados por una maquinaria que nos dicta qué es el "bienestar". Sin embargo algo no funciona. La plenitud debe ser otra cosa, sopesamos mientras el verdugo se acerca a vendérnosla en cuotas. El sistema sigue exterminado a los que le sobran y persiguiendo a quienes no se resignan a dejar de ser personas.
Por eso existe una palabra terrorista por excelencia: conciencia. Y tienen razón, atenta contra los intereses de los productores de miseria. Es peligrosa para quienes nos invitan a consumir-nos, calladitos, no vaya a ser que molestemos al horror.



