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| Foto Nicholas Hendrickx |
Acostumbrada a la soledad, caminé hasta la estación. Una risa antigua me creció desde los pies, burlándose del dolor. Las carcajadas retumbaban en la ciudad desierta. Me subí al primer tren que pasó y busqué la ventanilla. A través del cristal sucio contemplé mil formas, edades, colores. Un vértigo de casas humildes, revoltijo de coches, chatarreros, animales heridos, ríos secos. A medida que me alejaba se hacía de noche. Tuve un presentimiento y me bajé en un descampado. Oí ruidos. Tras un matorral pretérito, una nena jugaba a las escondidas.
Desde que hallé mis ocho años juego a vivir: aunque me descubran, aunque a veces pierda.


