Piedra libre

Foto Nicholas Hendrickx
Cuando me di cuenta de lo que pasaba tuve miedo. Todos sentenciaron “está loca” amparados en sus cárceles de cemento. Engrosaron los barrotes, cerraron las ventanas y desaparecieron. Afuera quedamos mis recuerdos y yo como perros bajo la tormenta.
Acostumbrada a la soledad, caminé hasta la estación. Una risa antigua me creció desde los pies, burlándose del dolor. Las carcajadas retumbaban en la ciudad desierta. Me subí al primer tren que pasó y busqué la ventanilla. A través del cristal sucio contemplé mil formas, edades, colores. Un vértigo de casas humildes, revoltijo de coches, chatarreros, animales heridos, ríos secos. A medida que me alejaba se hacía de noche. Tuve un presentimiento y me bajé en un descampado. Oí ruidos. Tras un matorral pretérito, una nena jugaba a las escondidas.

Desde que hallé mis ocho años juego a vivir: aunque me descubran, aunque a veces pierda.

Origen

Llegó a su casa y colgó el abrigo. Se quitó la corbata y los zapatos. Comenzó a desnudarse: primero la camisa, los pantalones, la ropa interior. Se rasuró el cabello y la barba. Afeitó con cuidado el pelo del pubis y del pecho. Se arrancó las uñas, luego la piel y los dientes. Los órganos se desprendían con facilidad de la carne, excepto los pulmones que debió forzarlos. De haber tenido boca se habría bebido su sangre porque tenía sed. Sólo le quedaban los ojos y las manos, que como títeres colgaban de la gran mancha púrpura. Colocó las tripas a un costado y se observó ya sin cuerpo en el espejo del cuarto. Esa noche se acurrucó en la cama y, después de flotar en un líquido baboso, nació.

Animal de ciudad

Foto Robert Gligorov
“Las palomas son asquerosas” masculló mientras cruzaba la plaza. Tenía la boca helada de tanto beso ausente. En los pies, los zapatos gastados se hacían tétrica compañía. “Mi vida es una mierda”, volvió a proferir para sí, como si la piel fuese un confesionario. Se sentó en un banco. Alrededor había botellas rotas y alguna que otra mancha de orín. Sintió asco. “Me iría de aquí”, amenazó a la noche en voz alta. Pero nada pasaba. Alrededor las luces hediondas se reían de él. Sabía que le quedaba poco tiempo, tal vez menos del que suponía. Pero la sangre se le había impregnado con el perfume de aquella mujer y no había dios que le quitara la soledad de encima. Su traje estaba gris y se recostó acurrucando las piernas contra el pecho dolido. “Mañana será otro día”, se mintió. Y una vez dormido, de su cuerpo le brotaron dos alas mugrientas.

Gastroanatomía

Hay besos crudos.
Una piel entibia mi sombra.
Estamos solos.
Por fin.
Mi sangre se desviste.
Tu boca mastica el perfume.
Ella sabe de deleites.
Saborea mi nostalgia
hasta estallar en lo oscuro.
Mis ojos te muerden.
Tu suavidad es mía.
Esta noche hay
una falsa muerte
que espera entre las sábanas.
Me dejo ir.
Mis manos tienen sabor a vos.
Y al despellejar el milagro
la tristeza bufa.