Vino a buscarme. Me mostró sus dientes enormes y susurró un verso de Baudelaire. Tuve una sensación tan triste como de baldosa rota los domingos. Apreté los dientes, la miré a los ojos y le pedí que esperara.
Me resistía a pasar la vida huyendo de ella. Ahora que la conocía en persona descubrí que no me daba tanto miedo como imaginaba.
Ella era intuitiva y aplomada. Se quitó el abrigo, lo estiró con calma y lo colgó. Acto seguido, se acomodó debajo de mi cama.
Cada tanto me olvidaba de que estaba allí y en un descuido, al recoger unos zapatos o cualquier objeto, la imagen era desoladora. Me llevé varios sustos antes entender que seguiría agazapada hasta el último día. Tenía un libro en sus huesudas manos del que no llegaba a leer el pequeñísimo título, por más que me esforzara. Seguro que le fascinaban las historias de héroes porque infinidad de veces las relataba dormida.
Yo encendía la luz sin hacer ruido, me asomaba por debajo y allí estaba ella, con los calcetines de almohada. Hasta llegué a tomarle cierto cariño. Pero cuando veía sus uñas manchadas de un rojo intenso, se me revolvían las tripas. Su ropa arrugada olía al sudor de la otra gente a la que había visitado.
Durante bastante tiempo llevé una vida normal. Tuve amantes a los que les pedí discreción para no despertarla. En el cuarto había caricias mudas y conversaciones en voz baja. Había orgasmos y desayunos en la cama sin una sola palabra. Besos, humedad, manchas de placer.
Pero sentía su respiración pronunciada y sabía muy bien que seguía esperándome. Perduraba un reclamo tácito en su mirada controladora.
El último día me desperté de madrugada y recogí algunas cosas. Hice una maleta pequeña, guardé fotos y algo de ropa. Después de cerrar la puerta de entrada, busqué una alcantarilla y tiré las llaves, recordando el final de un cuento de Cortázar "no fuera que algún pobre desgraciado se le diera por entrar a robar" decía, me lo sabía de memoria, como si de un plan de escape se tratase. Por clemencia tomé la misma precaución.
El amanecer me encontró en medio de una ruta sin letreros, me dolían los pies. Me senté a descansar un momento y vi en el reflejo de un coche que llevaba puesto su abrigo.
Remordimiento Póstumo
Por Charles Baudelaire (Las Flores del Mal, traducción de Ulyses Petit de Murat. Ediciones DINTEL, 1959)
"Cuando duermas, mi bella tenebrosa, en el fondo de un monumento construído, en mármol negro, y no tengas por alcoba y mansión más que una bóveda lluviosa y una fosa profunda; cuando la piedra, oprimiendo tu pecho miedoso y tus flancos que ablanda una molicie encantadora, impida a tu pecho latir y querer y a tus pies seguir su curso aventurero, la tumba, confidente de mi sueño infinito —porque la tumba siempre comprenderá al poeta— durante esas largas noches de las que el sueño, ha sido desterrado, te dirá: "¿De qué te sirve, cortesana imperfecta, no haber conocido lo que lloran los muertos?" —Y el gusano roerá tu piel, como un remordimiento"
Etiquetas: Escrito por Musa Rella