Musaraña

Cuando me despierta este aullido, saboreo el infierno. El vacío me despedaza el cuerpo.
Todavía me parece una invención tu ausencia. Reconozco la sombra que impregna las paredes y siento una piel ajena que me pesa sobre los huesos. Me tropiezo con tu voz mientras tu nariz estornuda en la sala. Compruebo también que te has olvidado la risa en un cajón. Encuentro tus pies al ponerme los zapatos. Me muerdo tus uñas con tus dientes y me pregunto cómo diablos te arranco de mí.
La receta del olvido es a veces amarga. Al hacer el amor, se me escapan gemidos de tus entrañas negras. Desayuno con fantasmas y los beso con tu boca. Aunque no te nombre jamás, te convido mate y me duelen tus muelas, mientras el noticiero de las siete exhibe los lugares dónde no estás.
Pero hoy, querido espectro, he venido a despedirme. La casa donde nos amamos quedará sin mi ropa, se desnudará de mí. Lentamente, también se vaciará la que fue nuestra cama. Y por fin, no sin tristeza, habré sacrificado al animal acorralado que me sangra.

Fuga

 
Foto Nicholas Hendrickx
Se fue sin maletas. Huyó de ella como del infierno, ya no volvería. Llevaba a cuestas una soledad lastimosa. Se sabía su piel a la perfección, la conocía más que a la propia. Más de cuatro mil quinientas noches abrazando su cuerpo en la oscuridad del cuarto. Había probado sus lágrimas, se había bebido su sangre dulce a pequeños sorbos. Ya sólo quedaba masticar con desidia los días junto a ella, y se negó a eso. Sus besos se le habían clavado como agujas en la boca. La extrañaba hasta con los dientes. Las piernas se resistían a caminar con más velocidad, a alejarse de la voz que lo había renacido de tantas derrotas. El pecho se le rebelaba también con cada paso; sentía un sopor extraño, como si un golpe lo castigara por dentro. Era la primera vez que ella no lo acompañaba en su huída. Le dolía irse así, pero lo invadió el terror. Una maldita certeza lo había atormentado: pronto dejarían de amarse. Y de ocurrir aquello, no sabría vivir sin llevarla dentro.

Osadía


Si hoy por fin decidís
llegar, verme, abrazar, calmarme,
sentir, besar, morderme, arrasarme:
tendré que rescatarte de esa pena que te ronda;
acariciarte con cadencia y nacer en tu boca.

No hay más remedio. Como extraño homenaje,
pronto el ladrido de los perros
devorará salvaje nuestra sangre.
Y aunque el dolor espere fuera,
que los orgasmos vagabundos
hoy nos vean partir y se conmuevan.
Que tu piel me tiemble hasta estallar,
aunque cumpla su amenaza ese olvido que te nombra.

Porque si es verdad,
si las entrañas amadas se extinguen dolorosas:
gozados por lo muerto, alegres como críos,
no habremos sido sólo carne o sombra.

Autoconsumo y reciclaje

La narradora de esta historia no recuerda si lo leyó o se lo contaron. En una escuela, en medio de la clase, un maestro les mostró dos fotografías a sus alumnos. La primera era de un hombre negro. En la segunda se veía a un hombre de piel blanca y mirada angelical. Les explicó que uno de ellos era un asesino genocida y el otro un defensor de los derechos humanos. A continuación, el docente los animó a que adivinaran cuál era cuál. La mayoría, sin dudarlo, señaló al hombre negro como el asesino. El primero era Martin Luther King. El otro, Alfredo Astiz.
Nuestra mirada nos traiciona. Como esclavos de la desinformación, nos llenamos de prejuicios falsos, nos vaciamos de sentido. Somos objetos, humillados por una maquinaria que nos dicta qué es el "bienestar". Sin embargo algo no funciona. La plenitud debe ser otra cosa, sopesamos mientras el verdugo se acerca a vendérnosla en cuotas. El sistema sigue exterminado a los que le sobran y persiguiendo a quienes no se resignan a dejar de ser personas.
Por eso existe una palabra terrorista por excelencia: conciencia. Y tienen razón, atenta contra los intereses de los productores de miseria. Es peligrosa para quienes nos invitan a consumir-nos, calladitos, no vaya a ser que molestemos al horror.