Invención

Foto Petrina Hicks
Cierro los ojos, me retuerzo en lo negro.
Soy prisión de mí.
El recuerdo de tus uñas
despedaza mi espalda.
Tengo cuatro mil mañanas por olvidar
y pronto he de quedar vacía sin tu abrazo.

Mientras tanto
a este cadáver que grita lo llaman pasado.
Yo soy solo su voz quejumbrosa,
sin tu respiración me duele hasta el espanto.

Hoy me extirparía la piel.
Borraría tu perfume de mi sexo;
limpiaría la sangre que te nombra,
despellejando cada palabra viva
boca a boca.

Y cuando no quedara nada de tu rastro insolente,
cuando tu risa fuera similar a otros cientos
y no tuviera que arrancarme los ojos
por no verte:
te inventaría dormido, con esa niñez antigua,
casi idéntico.

Éxtasis

He muerto dos veces, ha ocurrido sin querer. Recuerdo que apagué la luz y te besé despacio. Transité tu piel, me bebí tu cuerpo crudo. Estaba desnuda y tenía miedo. La sangre se amotinó, me nacieron pájaros de los pies y ocurrió lo esperado: la vida fue ese gato ciego que gimió en la ventana.
Un momento después, todo fue silencio. Dibujé con la lengua un adiós bajo las sábanas. Me despedí sin manos, sin pañuelos ni lágrimas. Cerré los ojos cerca de tu risa húmeda. Era un “hasta luego”, pero no sé qué viento infame me empujó a saltar lejos. Amanecí en esta cama y no ha habido noche desde entonces sin tu boca, nunca más.

Pesadilla de un gótico

Desde el momento en que la conocí se apoderó de mí esa ingenua epidemia: comencé a soñar con hijos y una casa con jardín.
No crean que emocionarme con las canciones de moda significara motivo de gracia alguno, el hecho había llegado a preocuparme. Me percaté de que, poco a poco, la situación se agravaba. Hasta conseguí escribir la palabra “crepúsculo” sin que ello me produjera rechazo.
Los domingos a la tarde me daba por recitar poesía. Almorzaba con líneas de Antonio Machado en la boca. Los versos del capitán de Neruda me acosaban los días de lluvia. Al lavarme los dientes, me brotaba un Romancero Gitano del estómago. Solía encontrar a los poetas de Portugal de Gelman, desparramados en mi cama con una naturalidad indignante.
De pronto, bailar con la ropa tendida se había convertido en una experiencia semanal. Las camisas flameaban entre giros y se liberaban de sus broches de madera, hasta yacer revolcadas por el suelo. Mis vecinos estaban turbados. La señora del perro raro tironeaba la correa con nerviosismo por creerme un espécimen peligroso.
No había duda, me había convertido en un ser enamorado con seria propensión a los adornos de cristal y a las flores de plástico. Empezaban a dibujarse en mi mente corazones y toda suerte de elementos primaverales.
Sin embargo, yo había sido precavido. En ese caso, les había dejado a mis amigos claras instrucciones de envenenamiento. Por eso, cuando Eleonora se acercó con la taza de té no tuve dudas. Lo que no supuse es que se la bebería ella misma, después de confesarme entre sollozos que era demasiado tarde, que ya me amaba.

Revelación

Foto Miguel Oriola
En el sueño que tuve me precipitaba al vacío. He amanecido sobre un colchón blanco con algunos moretones.
¿Dónde estuve? No lo sé, pero viajé toda la noche y me siento agotada. A mi lado una sombra me da los buenos días, yo que creía que la había dejado. “Qué incómoda es tu maleta” me susurra en tono de burla, al oído. Escapo de su lado.
Hoy tengo gusto a fantasma en la boca y en el espejo mis propios dientes se ríen de mí por considerarme inofensiva.
En el café con leche leo las noticias del día. ¿Es posible leer el líquido y beberse el periódico? No lo tengo claro, sin embargo ahora mismo ese es un detalle sin importancia.
Afuera el mundo se desmorona con dignidad grisácea. Hay voces que discuten, pájaros que emiten gritos desde sus jaulas de óxido y perros rebeldes atropellados por coches. A través de las ventanas las calles son estrechas y dan la sensación de ser meros pasillos.
He venido hasta aquí para que alguien me revele a qué especie pertenezco. Pero esta mañana de domingo el timbre está mudo, así que dejaré la ventana abierta por si ocurriese algún milagro antes del salto final.