Desde el momento en que la conocí se apoderó de mí esa ingenua epidemia: comencé a soñar con hijos y una casa con jardín. No crean que emocionarme con las canciones de moda significara motivo de gracia alguno, el hecho había llegado a preocuparme. Me percaté de que, poco a poco, la situación se agravaba. Hasta conseguí escribir la palabra “crepúsculo” sin que ello me produjera rechazo.
Los domingos a la tarde me daba por recitar poesía. Almorzaba con líneas de Antonio Machado en la boca. Los versos del capitán de Neruda me acosaban los días de lluvia. Al lavarme los dientes, me brotaba un Romancero Gitano del estómago. Solía encontrar a los poetas de Portugal de Gelman, desparramados en mi cama con una naturalidad indignante.
De pronto, bailar con la ropa tendida se había convertido en una experiencia semanal. Las camisas flameaban entre giros y se liberaban de sus broches de madera, hasta yacer revolcadas por el suelo. Mis vecinos estaban turbados. La señora del perro raro tironeaba la correa con nerviosismo por creerme un espécimen peligroso.
No había duda, me había convertido en un ser enamorado con seria propensión a los adornos de cristal y a las flores de plástico. Empezaban a dibujarse en mi mente corazones y toda suerte de elementos primaverales.
Sin embargo, yo había sido precavido. En ese caso, les había dejado a mis amigos claras instrucciones de envenenamiento. Por eso, cuando Eleonora se acercó con la taza de té no tuve dudas. Lo que no supuse es que se la bebería ella misma, después de confesarme entre sollozos que era demasiado tarde, que ya me amaba.