Raro

Cociné a Dios sin querer
y ahora toda la casa huele a laurel sacrílego.
Cada vez que paso cerca de la boca del subterráneo
no puedo dejar de besarla.
Mi escondite está a la vista de mis vecinos.
Descarto el tarot y los juegos de mesa.
Me dan urticaria las fichas de colores y las médicas.
Soy alérgico a las cartas de pócker,
por eso tampoco cultivo el género epistolar.
Supongo que Aries es mi signo lingüístico.
Muchas veces tengo miedo de que este mundo esté al revés
Y haya explotado para adentro
Sin que nos diéramos cuenta.

Amor

Nos miramos frente a frente. Tu pequeño cuerpecito se escabullía entre mis manos. Era suave. Tu voz volaba como por descuido, me susurrabas algo al oído en un idioma extraño. Pensé "otra historia de amor del montón". Tenía miedo pero aún así algo me atraía. Tus piernas largas se apoderaron de mí, me absorbió por completo esa humedad. La lengua se enterró hasta el cuello y pude sentir el sabor de tus entrañas rojas.
Tu belleza se enredaba en las cortinas, por momentos desaparecías. Pero sabía muy bien que estabas ahí porque escuchaba tu respiración, ese latido invisible por el que me sentía perturbado. Tu figura como al acecho esperaba el momento de dar el gran salto. "Otra vez, no. -Te supliqué- Estoy agotado". Con el correr de las noches empalidecía cada vez más y me iba convirtiendo en un minúsculo artefacto, una pesadilla soñada por Bukowski. Pero aquello era real, yo empequeñecía a una velocidad increíble.
Una tarde golpearon a la puerta y no llegué al picaporte. Pasaron los días. En mi espalda pequeñísima se abrieron dos grietas y de ellas brotaron unas alas verdes. Las movía torpemente, me posaba sobre la mesa de luz y probaba dar un salto, suspenderme en el aire. El día que lo conseguí tenía demasiada hambre como para festejar nada. Me escabullí por debajo de la puerta del cuarto y llegué a la cocina. Sobre la mesada había un pedazo de carne cruda que olía a podrido y la chupé con avidez.
Vos te reías. Poco a poco te alejaste como si hubieras cumplido la misión encomendada, estaba claro que ya no sentías más que pena por mí. Te maldije en voz baja, no pude llorar. Deseé tu inminente aplastamiento. Que explotaras, no verte nunca más.
Ya desnudo y solo volví a tener languidez. Volé hasta la ventana entreabierta y vi pasar una mujer de labios carnosos. La deseé de inmediato. Me enredé en su abrigo, sentí arder la sangre y dejé que me llevara.

Compañera

Vino a buscarme. Me mostró sus dientes enormes y susurró un verso de Baudelaire. Tuve una sensación tan triste como de baldosa rota los domingos. Apreté los dientes, la miré a los ojos y le pedí que esperara.
Me resistía a pasar la vida huyendo de ella. Ahora que la conocía en persona descubrí que no me daba tanto miedo como imaginaba.
Ella era intuitiva y aplomada. Se quitó el abrigo, lo estiró con calma y lo colgó. Acto seguido, se acomodó debajo de mi cama.
Cada tanto me olvidaba de que estaba allí y en un descuido, al recoger unos zapatos o cualquier objeto, la imagen era desoladora. Me llevé varios sustos antes entender que seguiría agazapada hasta el último día. Tenía un libro en sus huesudas manos del que no llegaba a leer el pequeñísimo título, por más que me esforzara. Seguro que le fascinaban las historias de héroes porque infinidad de veces las relataba dormida.
Yo encendía la luz sin hacer ruido, me asomaba por debajo y allí estaba ella, con los calcetines de almohada. Hasta llegué a tomarle cierto cariño. Pero cuando veía sus uñas manchadas de un rojo intenso, se me revolvían las tripas. Su ropa arrugada olía al sudor de la otra gente a la que había visitado.
Durante bastante tiempo llevé una vida normal. Tuve amantes a los que les pedí discreción para no despertarla. En el cuarto había caricias mudas y conversaciones en voz baja. Había orgasmos y desayunos en la cama sin una sola palabra. Besos, humedad, manchas de placer.
Pero sentía su respiración pronunciada y sabía muy bien que seguía esperándome. Perduraba un reclamo tácito en su mirada controladora.
El último día me desperté de madrugada y recogí algunas cosas. Hice una maleta pequeña, guardé fotos y algo de ropa. Después de cerrar la puerta de entrada, busqué una alcantarilla y tiré las llaves, recordando el final de un cuento de Cortázar "no fuera que algún pobre desgraciado se le diera por entrar a robar" decía, me lo sabía de memoria, como si de un plan de escape se tratase. Por clemencia tomé la misma precaución.
El amanecer me encontró en medio de una ruta sin letreros, me dolían los pies. Me senté a descansar un momento y vi en el reflejo de un coche que llevaba puesto su abrigo.

Angel asesinado

Creí que te habías ido, pero fue el otro quien escapó. Vos te quedaste quietito, con tus manos heladas de espanto. "Me abandonaron" susurraste.
Después se te cayeron los ojos al agua. Los buscamos pero fue inútil.
Yo me mordía los labios por no llorar "¿Estás ahí?'" me preguntaste con debilidad.
"Sigo aquí, no te preocupes" alcancé a decir, antes de que tu cuerpo desnudo se partiera.
"Estos malditos periódicos" pensé acariciando tu tez quebrada, que yacía con una dulzura increíble.
Te amé esa tarde, mientras dejabas de contarme historias. Tu perfume sangraba lucidez.
Cómo no morirse de pena en este mundo. Me limpié los ojos embarrados, me puse el traje de tu piel y salí.