Un prólogo final

Las 3 Musas conforma un libro blog de relatos poéticos, poesías y microrrelatos concebidos entre 2005 y 2008. Los peregrinos de la red hallarán aquí un refugio particular, de esos que no dan tregua, así que no se confíen.
Fueron los lectores habituales –con plena autoridad– quienes realizaron el verdadero prólogo de este experimento blog en sus comentarios [dialogantes].
Por mi parte, solo resta dedicar Las 3 Musas a mis abuelas y dejarlos solos en esta casa virtual. Muy importante: no olviden dejar la puerta abierta al salir.
Quien quiera seguir mi huella me encontrará en malditas musas, una nueva etapa.

Salud.
Musa Rella

Aptitud

Foto Antonio Más Morales
El día que descubrió que su vida era la más miserable de todas, se sintió feliz: al fin destacaba en algo.
Sus enemigos lo adoraban por ser un adversario ideal, siempre abatido a priori. De repente se desayunó con incontables admiradores, medios de comunicación de prestigio que lo requerían en sus reportajes y muchachas de toda etnia cautivadas por su pena superlativa.

Nada podía entorpecer su menester, su triste récord evitaría que fuese uno cualquiera para la historia del mundo.
Y dolió como el que más, hasta que llegó –como suele ocurrir en estos casos– el amor a arruinarle el talento.

Anzuelos

Hechos.
“Las sirenas no existen”, murmuran los peces.
Ella tiene la boca llena de dientes de tiburón
y oye agazapada sin engullirlos.

Soledad.
Perpleja, ve pasar olas.
En el fondo está harta de no poder morirse.
Respira la superficie del tiempo;
inhala lento y profundo, pero no desfallece.
Ha acudido a los barcos pesqueros,
mas estos se niegan a envasarla.

Canto.
La Dulcinea del agua vegeta en su belleza inútil.
Junta coraje y muerde otra vez el anzuelo.
En la superficie del barco,
los pescadores la increpan
en un idioma extraño.

Sal.
Se sabe híbrido marino.
Hoy también regresa lacerada,
su cuerpo mancha el desierto del agua.

Retrato

Era cabeza dura. “No te subas ¡Te vas a caer!” Y se caía, nomás. “No escribas las paredes con crayón” Y aparecía un retrato familiar en la entrada de su casa materna. No lo hacía adrede, más bien era un militante involuntario de lo indebido.
Así creció, sin pedirle permiso a nadie para experimentar. Fue al colegio disfrazado de chica; entró a la piscina vestido con ropa de su padrastro; se hizo pasar por instructor de trapecio y faltó a su propia boda, alegando tener demasiados compromisos.
Sebastián era peculiar y disfrutaba con ello. Ya era adulto cuando estudiaba Licenciatura en Arte en la Universidad de Bologna. Y ahí andaba la última vez que lo vi, como crítico experto despreciando lo que otros alababan, porque decía “alguien tenía que hacerlo”.

Apología de la pérdida

Foto Herr Buchta
Dios… es la primera vez que amanezco sin la de antes ¿Dónde estaré? A ver debajo de la cama… no. En el cesto de la ropa sucia… tampoco. Ya sé, me debo haber olvidado en el horno… no hay nada. Caray.
Bueno, tranquila. Inventario de este yo nuevo: ojos uno; dos bocas; veintiún uñas; libertad; cientos de muelas; varios brazos; intuición; algunas piernas; vergüenza…
Unos mates amargos… ah, que ahora me gustan con miel. Le convido al que está al lado… pero no toma. Voy al trabajo… les explico que soy yo aunque sea otra -a ver quién lo entiende-. Vuelvo a casa… cierto, no vivo más ahí.
Camino. Los recuerdos nuevos son esqueletos quiméricos. Las calles parecen recién estrenadas, la lluvia ya ha cesado. ¿Dónde estará el yo viejo? No dejo de pensar en él -el maldito antes y su dulzor rancio-.
BASTA. Me prometo “Si parás de moquear, vamos a tomar un chocolate con churros”. Esquivo las baldosas flojas. Por el suelo hay fragmentos de muñeca. Las esquinas huelen a fritura y a cacao enajenado, y siento una nostalgia rara. Pronto otra se despertará sin mí.