El abuelo me contaba cuentos. Sus ojos pequeños hablaban de los juegos en el patio de la escuela, de sus amigos del barrio, de la guerra. Yo estaba a merced de su voz. Me acunaba su nostalgia de emigrado, cada una de las óperas que silbaba al dar su vueltita por las tardes.
Era música también el ruido de sus zapatos gastando el pavimento y los envoltorios de caramelos que crujían en su bolsillo.
Fuimos amigos. A veces nos peleábamos. Otras jugábamos a las escondidas, pero yo sabía que él siempre estaba allí, al acecho de mi soledad, aunque se ocultara.
Hasta que una tarde se diluyó. Y poco a poco conseguí oir acordes donde otros escuchaban zumbidos.

