El vuelo

Foto Nicholas Hendrickx
Me acaricia. Una suavidad exquisita desata mi piel. Me refugio allí, mi boca se agita. Las palabras callan, al fin se callan. Sólo se escucha un rugido de tripas sobre la cama deshecha. El dolor viaja hacia un continente que no existe, lleva su maleta cargada de domingos. Me pierdo en su perfume. Dejo que me invada, que mastique mi soledad hasta desnudarme entera. El deseo me estruja de dientes el alma y la risa rebota contra las paredes quietas. Mis manos juegan sobre su espalda y descubro a esa mujer que no ha muerto. El sudor tiñe de sábanas la espera; se escuchan sonidos guturales que festejan el cuerpo. Mientras tanto, afuera la sombra deviene silencio. Aquí mi boca recorre esta dulzura nueva, acepta gozosa la invitación al otro. Sus brazos comprimen mis miedos; una nariz aspira mi nuca y se abre paso por mi pelo. Esta penumbra está llena de caricias: no sé de dónde vienen, desfilan en secreto por mi cuerpo. Un ahora pequeñito combate con la lengua los cadáveres del tiempo. Sin querer, me quedo dormida y amanece. Un barrilete rojo me sueña dentro.

Evocación del otro

Hoy hace un año que murió mi yo. Era uno pequeñito que llevaba en la sangre. A menudo lo extraño, aunque reconozco que andar sin mí me produce cierto alivio. Es contradictorio. Será que en el fondo no puedo acostumbrarme a una piel que se ha exiliado de sí misma.
Sé que hay gente que exhibe su vacío con orgullo, que ha dejado su yo pasado atrás. Pero en mi caso siento nostalgia de la risa antigua, del sabor de mi casa, de las luces estalladas por la lluvia y los domingos en que otros ojos, ya no estos, miraban el mundo sin pesadillas.
Era un yo algo atropellado, celoso e impredecible, pero sabía volar con todo el cuerpo. A veces me pregunto si encontraré otro parecido. No es que el que me habita ahora me parezca despreciable, lo que ocurre es que el otro había compartido conmigo los juegos de la infancia y echo en falta sus aromas. Era un yo más gozoso que se estremecía con facilidad; este es sensato y lo calcula todo, como un gran matemático de las caricias.
Hoy me he despertado añorando al yo que se desnudaba sin hacer preguntas. El mismo que esa última tarde apretó los dientes y te dejó ir.

Delicatessen

Querido blogvidente, hoy en las musas llevaremos a cabo una receta muy especial, a pedido del exigente público que nos visita. Tome nota porque en esta ocasión necesitaremos:
Foto Brian Walker
* Años de vida junto a alguien.... algunos
* Bol……………………….................. uno
* Huevos……………….................... un par
* Leche de buena calidad.... 1L buena leche
* Entereza………………………....... una pizca
* Amante......…………………......… uno/a

Comience por poner todos los años en el bol: vaya agregando de a poco los viajes compartidos, amigos en común, divertidas tardes y charlas apasionadas en la intimidad. Ponga el par de huevos (y si no le quedan: ovarios, que para el caso es lo mismo). Deshaga todo muy bien para que no se le hagan grumos (no se confíe, que el amor es duro de roer), hasta que quede bien negado. Una vez mezclado (su olfato le dirá que ha valido la pena lo vivido, mas no se asuste), es el momento de volcar la (buena) leche: pero en el suelo, no en el preparado! Y cuidado con esto último que es un detalle muy importante.
Ha llegado el momento de buscar la ayuda de un amante (trate de que sea de buena calidad, en lo posible). Embadurne con excremento de perro un molde, el más feo y sucio que encuentre (si tiene alguna cucaracha mucho mejor, que tenga sustancia). Vuelque el preparado de recuerdos en él con ayuda de su colaborador/a. Este es el momento más difícil, ahora necesitará la entereza. Introduzca el molde en el horno. Que su ayudante tienda el mantel (o las sábanas). Una vez haya pasado tres horas a máxima temperatura, saque el (ya asqueroso) preparado, resérvese una parte y tírelo a la basura, sintiendo con placer cómo le sube la náusea a la garganta. Después de haber probado el primero: le aseguro que cualquier vida que tenga le parecerá el paraíso. Y agradecerá el olvido.

Amores difíciles

Estaba harto y no te dabas cuenta. Corría tras la bola todo el día como un miserable. “Qué hermoso que está Panchito ¿qué alimento balanceado le das? A ver si una tarde de estas lo cruzamos con mi pekinés”. Guácala. Profundo asco me dabas regodeándote con las palabras de la vieja del quinto. Yo meaba su alfombra cada vez que se daba la oportunidad, acaso ¿qué otro poder de venganza me ha sido otorgado más que esa necesidad fisiológica? “No pasa nada, ya lo limpio yo”. Y te morías de vergüenza, pero sabías que hubiese hecho cualquier cosa con tal de no rozarle la correa a esa perra espantosa.
Nunca pensaste en mí. Qué culpa tengo yo de haberme enamorado de la veterinaria. Y no me repitas que no era de mi especie ¿qué más da? Acaso ese fantoche que te frecuentaba y que parecía de la tuya, ¿lo era? Y si lo era, ¿por qué llorabas así el otro día en el salón? Y yo fui a consolarte, te llevé esa bolita ridícula que tanto te gusta y te lamí la mano por compasión, sólo por compasión.
No puedo olvidar aquella tarde horrible. El olor a desinfectante, esa sala fría donde estaba ella esperándome con el bisturí. Enseguida olí el vestido que se dejaba entrever debajo de la bata y me excité. Tuve un presentimiento extraño. Estaba preciosa y sus dedos se acercaron a mí, me dejé acariciar. Hasta que te enumeró las ventajas “…reduce las montas no deseadas, el marcaje incontrolado con orina y la agresividad frente a otros perros”. Entonces pensé clavarle los dientes, hacer sangrar sus manos de muñeca infame, pisotearla, huir. Pero cual idiota, digno de tu especie, permanecí subyugado mientras el filo se ahondaba en mi descendencia para siempre.