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Animal de ciudad

Foto Robert Gligorov
“Las palomas son asquerosas” masculló mientras cruzaba la plaza. Tenía la boca helada de tanto beso ausente. En los pies, los zapatos gastados se hacían tétrica compañía. “Mi vida es una mierda”, volvió a proferir para sí, como si la piel fuese un confesionario. Se sentó en un banco. Alrededor había botellas rotas y alguna que otra mancha de orín. Sintió asco. “Me iría de aquí”, amenazó a la noche en voz alta. Pero nada pasaba. Alrededor las luces hediondas se reían de él. Sabía que le quedaba poco tiempo, tal vez menos del que suponía. Pero la sangre se le había impregnado con el perfume de aquella mujer y no había dios que le quitara la soledad de encima. Su traje estaba gris y se recostó acurrucando las piernas contra el pecho dolido. “Mañana será otro día”, se mintió. Y una vez dormido, de su cuerpo le brotaron dos alas mugrientas.

Círculos

El día en que esa mujer entró al consultorio se acabó todo. Mi esposa era una excusa para no acercarme a su oído y susurrarle “algo tuyo me vuelve loco”.
Foto Chema Madoz
No me atreví a tanto y esa noche regresé a casa con un cansancio extraño. En mi cabeza se representaba la imagen de su vestido, la música de sus pies deslizándose por el suelo de madera. Y la imaginé desnuda hasta agotar los modos de poseerla.
En casa esperaba Laura como todos los días. Apenas me recibió supe que había tenido un mal día. Los niños gritaban en la habitación contigua y percibí que era el momento de entrar, acariciarles el pelo y tranquilizar esos juegos salvajes. Así lo hice. Atravesé el pasillo mientras Laura relataba su jornada cual cronista que comenta la jugada decisiva, el momento culminante en el que el delantero trastabilla y asume la derrota de todo el equipo. Monologaba mientras recogía ropa. Me sentí aliviado de que no reparara en mí.
Mientras veía jugar a mis hijos sentí bronca. Maldito alarido íntimo. Quise volver a vivir con naturalidad la indiferencia de Laura y contemplar el paso del tiempo sin sobresaltos. Ya había comprendido que eso no era posible cuando Laura se insinuó semidesnuda y se recostó a mi lado. Yo quería dormirme, sentía la sangre amarga y lenta. Puso su mano en mi vientre, me acarició el pecho, acercó su boca a la mía hasta que anuncié “Mañana me voy”. “¿Más trabajo fuera?” me preguntó en un tono rutinario, pero con una inusual fortaleza respondí: “No. Ya no vuelvo”. Me miró con horror. Hubo un silencio largo y a la mañana siguiente cumplí mi promesa.
Llegué al trabajo algo confuso. Esa misma tarde atravesó la puerta del consultorio la mujer del día anterior. Estaba visiblemente triste. Me acerqué despacio, me animé a colocar mi mano sobre su hombro y entonces me lo confesó: su marido se había ido de casa. Tomamos un café y le pregunté su nombre. “Laura es un bonito nombre” proferí, mientras su piel resplandecía bajo la blusa.

Juguete muerto


Foto Rodrigo Adonis
Ese día empecé a sospecharlo. Un beso profiláctico me había despertado. Era ella. Su lengua de plástico recorrió mi cuello. Un estremecimiento de nylon y un “buenos días” me devolvieron a este mundo. Me miré las manos impecables, las uñas siempre cortadas con exactitud cirujana; sentí la mirada inalterable, la boca seca. “¿Qué hora es?” le pregunté somnoliento, “Demasiado tarde” balbuceó y se recostó a mi lado. Permanecimos inmóviles viendo el reloj y descubrimos que estábamos hechos del mismo material. “¿Funcionas aún?” dije, rompiendo el silencio. “Creo que sí ¿Quieres probarme?” y nos enredamos en esa comprobación. En su pecho algo quería estallar. Un Tic-Tac ensordecedor me temblaba a mí también. Su mirada vidriosa estaba a punto de romperse, su figura se contorsionaba sin espasmos bajo mi cuerpo. “Siento que ya no”, sentencié. Ella se puso triste. Encendí un cigarrillo. Nos miramos con miedo. Me abrazó. Antes de cerrar la puerta, dejó en las sábanas su perfume de muñeca nueva. Fui hasta el espejo y ahí la vi. En mi frente podía leerse la maldita fecha de caducidad.

Evocación del otro

Hoy hace un año que murió mi yo. Era uno pequeñito que llevaba en la sangre. A menudo lo extraño, aunque reconozco que andar sin mí me produce cierto alivio. Es contradictorio. Será que en el fondo no puedo acostumbrarme a una piel que se ha exiliado de sí misma.
Sé que hay gente que exhibe su vacío con orgullo, que ha dejado su yo pasado atrás. Pero en mi caso siento nostalgia de la risa antigua, del sabor de mi casa, de las luces estalladas por la lluvia y los domingos en que otros ojos, ya no estos, miraban el mundo sin pesadillas.
Era un yo algo atropellado, celoso e impredecible, pero sabía volar con todo el cuerpo. A veces me pregunto si encontraré otro parecido. No es que el que me habita ahora me parezca despreciable, lo que ocurre es que el otro había compartido conmigo los juegos de la infancia y echo en falta sus aromas. Era un yo más gozoso que se estremecía con facilidad; este es sensato y lo calcula todo, como un gran matemático de las caricias.
Hoy me he despertado añorando al yo que se desnudaba sin hacer preguntas. El mismo que esa última tarde apretó los dientes y te dejó ir.

Amores difíciles

Estaba harto y no te dabas cuenta. Corría tras la bola todo el día como un miserable. “Qué hermoso que está Panchito ¿qué alimento balanceado le das? A ver si una tarde de estas lo cruzamos con mi pekinés”. Guácala. Profundo asco me dabas regodeándote con las palabras de la vieja del quinto. Yo meaba su alfombra cada vez que se daba la oportunidad, acaso ¿qué otro poder de venganza me ha sido otorgado más que esa necesidad fisiológica? “No pasa nada, ya lo limpio yo”. Y te morías de vergüenza, pero sabías que hubiese hecho cualquier cosa con tal de no rozarle la correa a esa perra espantosa.
Nunca pensaste en mí. Qué culpa tengo yo de haberme enamorado de la veterinaria. Y no me repitas que no era de mi especie ¿qué más da? Acaso ese fantoche que te frecuentaba y que parecía de la tuya, ¿lo era? Y si lo era, ¿por qué llorabas así el otro día en el salón? Y yo fui a consolarte, te llevé esa bolita ridícula que tanto te gusta y te lamí la mano por compasión, sólo por compasión.
No puedo olvidar aquella tarde horrible. El olor a desinfectante, esa sala fría donde estaba ella esperándome con el bisturí. Enseguida olí el vestido que se dejaba entrever debajo de la bata y me excité. Tuve un presentimiento extraño. Estaba preciosa y sus dedos se acercaron a mí, me dejé acariciar. Hasta que te enumeró las ventajas “…reduce las montas no deseadas, el marcaje incontrolado con orina y la agresividad frente a otros perros”. Entonces pensé clavarle los dientes, hacer sangrar sus manos de muñeca infame, pisotearla, huir. Pero cual idiota, digno de tu especie, permanecí subyugado mientras el filo se ahondaba en mi descendencia para siempre.

Pesadilla de un gótico

Desde el momento en que la conocí se apoderó de mí esa ingenua epidemia: comencé a soñar con hijos y una casa con jardín.
No crean que emocionarme con las canciones de moda significara motivo de gracia alguno, el hecho había llegado a preocuparme. Me percaté de que, poco a poco, la situación se agravaba. Hasta conseguí escribir la palabra “crepúsculo” sin que ello me produjera rechazo.
Los domingos a la tarde me daba por recitar poesía. Almorzaba con líneas de Antonio Machado en la boca. Los versos del capitán de Neruda me acosaban los días de lluvia. Al lavarme los dientes, me brotaba un Romancero Gitano del estómago. Solía encontrar a los poetas de Portugal de Gelman, desparramados en mi cama con una naturalidad indignante.
De pronto, bailar con la ropa tendida se había convertido en una experiencia semanal. Las camisas flameaban entre giros y se liberaban de sus broches de madera, hasta yacer revolcadas por el suelo. Mis vecinos estaban turbados. La señora del perro raro tironeaba la correa con nerviosismo por creerme un espécimen peligroso.
No había duda, me había convertido en un ser enamorado con seria propensión a los adornos de cristal y a las flores de plástico. Empezaban a dibujarse en mi mente corazones y toda suerte de elementos primaverales.
Sin embargo, yo había sido precavido. En ese caso, les había dejado a mis amigos claras instrucciones de envenenamiento. Por eso, cuando Eleonora se acercó con la taza de té no tuve dudas. Lo que no supuse es que se la bebería ella misma, después de confesarme entre sollozos que era demasiado tarde, que ya me amaba.

Réquiem


Foto Nicholas Hendrickx
Rememoro una y otra vez el día en que le enseñé a volar. Para qué semejante voluntad, si ella no tenía con qué remontarse. Pero era cabeza dura y lo consiguió. Aún sin elementos, vio la tierra desde arriba unos segundos, aunque luego se precipitara de un porrazo. Revolcada en el barro, todavía sonreía y movía las antenas con ese encanto tan pelirrojo. Después me abrazó con sus seis patas en una especie de ritual entusiasta.
Me viene a la mente el momento en que la vi por primera vez; estaba cargando esa hoja descomunal sobre su cuerpecito. La imagen me pareció tan grotesca que me precipité desde la altura y la contemplé oculto en un escondrijo. Después de luchar mucho tiempo, ya exhausta, la dejó sobre el suelo. Nadie venía en su auxilio y parecía habitar la desolación, tenía en la cara ese resplandor que da cuando se tiene ante los ojos un sueño muerto. Y de eso yo sabía mucho, así que salí para ayudarla. Cogí la hoja con mis patas delanteras y, valiéndome de mis alas, la acompañé hasta el hormiguero. Fue a partir de allí que su aroma me transformó en un ser débil, embrujado.
En el fondo sabía que lo nuestro ostentaba un futuro imposible. Ella tenía una familia tan organizada que me sentía acomplejado. Yo estaba solo y era un completo desastre, dormía donde me daba la noche y comía cuando podía, por lo que nos veíamos a escondidas de sus hermanos.

Todo ese tiempo la amé con una intensidad inconsciente, incluso olvidándome de quién era. Creo que ella también me adoraba, aunque esa maldita tarde en la que subió el río prefiriera seguir siendo una hormiga.

Muñeca rusa

Dentro de mí se despereza una mujer. Posee un vientre sin estrenar donde la sangre dibuja caminos. Exhibe una belleza extraña porque tiempo atrás el dolor le desolló la piel. Las uñas se le incrustaron en la soledad hasta sangrar pero, poco a poco, recupera sus pedazos.
Converso con ella en la intimidad y los domingos salimos a que nos dé el sol. Su risa posee una estridencia poderosa y sensual; parece brotarle del pelo, de la cintura, de todas partes.
Esas caderas rojas han amparado el deseo, se han dejado llevar al lugar donde el amor explota de manera imprevisible y sus fluidos son deliciosos.
Acostumbra andar desnuda dentro de mí. Y la gente comenta, pero a ella no le importa. Tiene unos pechos cálidos y una fragilidad de hierro que me ampara del horror.
Cuando permanece callada toco su boca, que es de la medida exacta de la mía. Descubro el santuario secreto donde se atrinchera la humedad. Me revuelco en sus entrañas, festejo ese par de piernas que darán a luz a la humanidad que reste. Despacito, acaricio el silencio y, sin querer, me ocurre el milagro de ser ella.

No me creas

Foto Marcela Sabbatiello
Desde que siento esta belleza salvaje
el dolor de muelas me resulta inofensivo.
Huelo bien aunque no me duche
y por más de que me esfuerce,
no tengo pelos en la ingle.
Amanezco con las uñas pintadas de rojo
y la soledad me provoca ataques de risa.
Dondequiera que vaya encuentro un asiento vacío,
y las películas están siempre en versión original.
Conquisto todo concurso al que me presento
Y disfruto de la plusvalía en el trabajo,
aunque haya ganado la lotería dos veces
sin siquiera haber jugado.
Soy multiorgásmica
y abandono sin contrición a mis amantes.
Las grasas hidrogenadas no me enferman,
y las tardes de domingo me resultan deliciosas.
El café se mantiene caliente en invierno
y soy deseada por quien quiero.
Pero la mayor ventaja sin duda es que,
desde que ostento este tipo de hermosura,
invento respuestas a ciertas preguntas,
y no tengo que mentirme
porque ya no soy yo.

Memoria de pez

Nos comíamos unos a otros. Nos reproducíamos también en las ciudades, ocultos en piletones de piscifactorías. Éramos el espíritu que reinaba sus cloacas, ciudadanos de ese mundo apocalíptico.
Yo era más afortunado: vivía mar adentro y por entonces me había enamorado de unas aletas pequeñas, tiernas, que perdí de vista porque siempre he tenido mala memoria para las caras.
Pero no me resigné, la busqué en otras. Me acerqué a todas, rocé sus escamas con la esperanza de encontrarla en la multitud del océano.
Estaba enfermo de ella.
Entonces hubo un guiño inequívoco, dejó un rastro perfumado y la reconocí. Con las pocas fuerzas que me quedaban fui en su busca, y al llegar comprendí lo que temía: el vestigio –eructo de agua– conducía a mi estómago, sus espinitas aún me hacían cosquillas en la tripa.

Huir

Teníamos todo perfectamente planeado. Lo haríamos esa misma noche, en silencio, apenas con un par de cosas en la maleta, saldríamos en busca de otra realidad.
Ambos teníamos sueños sin consumar, pesadillas por cumplir a medias y el deseo de un cambio de rumbo que nos condujera a lo que los otros llamaban "felicidad" y que nos imaginábamos como una fiera que huía.
Por entonces el mundo estaba a punto de una guerra contra hombrecitos hermanos. Teníamos miedo de ser uno de los soldados, de que nos empujaran a destripar niños como era tan frecuente.
Salí con mi maleta en medio de la penumbra hasta el lugar convenido. A lo lejos distinguí una sombra. Te encontré desnudo en medio de la calle, tus heridas sangraban. Las uñas sucias me cavaban el vientre como buscando asilo. Me miraban unos ojos que provenían de un pozo, ya no eran los de siempre.
Me quedé a tu lado esperando que vengan a buscarme. Estabas cada vez más helado, te abracé para despedirme. Luego cerré los ojos del delator, o los tuyos, y escuché las sirenas.

Dios


Foto Chris Sickels
Yo soy mi propio títere.
Estoy hecho de cartón y piel.
Mis ojos se derriten de tinta.
S u d o   s m o g
Y sueño con despertarme humano algún día.
Ya no aguanto más,
una de estas tardes cortaré los hilos,
r e v e l a r é
mi verdadero yo:
deseo ser un hombre
que fabrique juguetes
parecidos a sí mismo,
y se esconda
dentro.

Raro

Cociné a Dios sin querer
y ahora toda la casa huele a laurel sacrílego.
Cada vez que paso cerca de la boca del subterráneo
no puedo dejar de besarla.
Mi escondite está a la vista de mis vecinos.
Descarto el tarot y los juegos de mesa.
Me dan urticaria las fichas de colores y las médicas.
Soy alérgico a las cartas de pócker,
por eso tampoco cultivo el género epistolar.
Supongo que Aries es mi signo lingüístico.
Muchas veces tengo miedo de que este mundo esté al revés
Y haya explotado para adentro
Sin que nos diéramos cuenta.

Amor

Nos miramos frente a frente. Tu pequeño cuerpecito se escabullía entre mis manos. Era suave. Tu voz volaba como por descuido, me susurrabas algo al oído en un idioma extraño. Pensé "otra historia de amor del montón". Tenía miedo pero aún así algo me atraía. Tus piernas largas se apoderaron de mí, me absorbió por completo esa humedad. La lengua se enterró hasta el cuello y pude sentir el sabor de tus entrañas rojas.
Tu belleza se enredaba en las cortinas, por momentos desaparecías. Pero sabía muy bien que estabas ahí porque escuchaba tu respiración, ese latido invisible por el que me sentía perturbado. Tu figura como al acecho esperaba el momento de dar el gran salto. "Otra vez, no. -Te supliqué- Estoy agotado". Con el correr de las noches empalidecía cada vez más y me iba convirtiendo en un minúsculo artefacto, una pesadilla soñada por Bukowski. Pero aquello era real, yo empequeñecía a una velocidad increíble.
Una tarde golpearon a la puerta y no llegué al picaporte. Pasaron los días. En mi espalda pequeñísima se abrieron dos grietas y de ellas brotaron unas alas verdes. Las movía torpemente, me posaba sobre la mesa de luz y probaba dar un salto, suspenderme en el aire. El día que lo conseguí tenía demasiada hambre como para festejar nada. Me escabullí por debajo de la puerta del cuarto y llegué a la cocina. Sobre la mesada había un pedazo de carne cruda que olía a podrido y la chupé con avidez.
Vos te reías. Poco a poco te alejaste como si hubieras cumplido la misión encomendada, estaba claro que ya no sentías más que pena por mí. Te maldije en voz baja, no pude llorar. Deseé tu inminente aplastamiento. Que explotaras, no verte nunca más.
Ya desnudo y solo volví a tener languidez. Volé hasta la ventana entreabierta y vi pasar una mujer de labios carnosos. La deseé de inmediato. Me enredé en su abrigo, sentí arder la sangre y dejé que me llevara.

Angel asesinado

Creí que te habías ido, pero fue el otro quien escapó. Vos te quedaste quietito, con tus manos heladas de espanto. "Me abandonaron" susurraste.
Después se te cayeron los ojos al agua. Los buscamos pero fue inútil.
Yo me mordía los labios por no llorar "¿Estás ahí?'" me preguntaste con debilidad.
"Sigo aquí, no te preocupes" alcancé a decir, antes de que tu cuerpo desnudo se partiera.
"Estos malditos periódicos" pensé acariciando tu tez quebrada, que yacía con una dulzura increíble.
Te amé esa tarde, mientras dejabas de contarme historias. Tu perfume sangraba lucidez.
Cómo no morirse de pena en este mundo. Me limpié los ojos embarrados, me puse el traje de tu piel y salí.