Julio


Arrancado del día, escondido en las sombras de tu infancia,
inventabas Quijotes.
Y la máquina de matar hormigas devoraba.
Por entonces, Oliveira ya era un polizón en tus uñitas.
Mientras buscabas un cielo de tiza:
la Maga guardó cuidadosamente tus dientes de niño.
Un cronopio te rescataría luego de esa ternura de barrio
e irías con él a habitar ausencias.

Años después,
el hombre cejijunto que anidaba en tus entrañas
gritaba tu desolación.
La prisión del reloj,
esa continuidad de los parques asesinos.
Y ahora somos la conspiración del olvido
que tu cíclope ha desbaratado para siempre.

1 comentario:

Mónica Sabbatiello dijo...

Subo y bajo por tu poema, por la imagen, tan especial, subo y bajo, y me dejo acunar, a gusto, tan a gusto.