Banquete

Me digo “Abrí la boca, dejate agasajar por el deleite de las fiestas", ahora que iluminan el frío de las calles esas luces con forma de trineo. Fin de año se acerca de manera implacable. En el espejo ya no existe la que era. Ahora hay una extraña que me convida placeres que no entiendo. Sigo odiando los turrones y tengo una soledad parecida a la que siempre he soñado. Soy contradictoria, por eso me callo y mastico las almendras y el merengue endurecido. A mi lado hay un vacío interesante y no puedo evitar contemplarlo.
Hace poco que te conocí, y fue bonito. Nuestros cuerpos jugaron a abrazarse, fue un ritual extraño. Había clowns. Bailamos y tus manos me cuidaron del suelo. Alrededor la gente murmuraba, era como un rezo colectivo. Y mientras esperábamos el comienzo de la función, nos acariciamos la cara. Rodamos por el piso, nos besamos la piel. Nunca nos habíamos visto, era la primera vez que nos atravesaba ese tren luminoso. Dejamos que nos pasara por encima y nos reímos. “¿Qué fue esto?” preguntaste, conociendo la respuesta. “Mimos” susurré yo, mientras sentía que se trataba de mucho más. Sonreíste. Hubo un estruendo. Lo que más aborrecí de haberme despertado fue no pedirte el teléfono, pero de todas formas, pensé, el pijama no lleva bolsillos. Y me conformé con encontrarte por la calle un día de estos.

Nuestra América

Si al saqueo lo llaman conquista.
Si inventan guerras para aniquilarte.
Si te imponen un credo y te humillan.
Si te explotan para enriquecerse.
Si queman tus tierras y te tortura el hambre.
Si las grandes ciudades te ignoran.
Si sus políticas mienten.
Si escasea el trabajo digno.
Si tus hijos en la calle envejecen.
Si no hay mañana en tus manos campesinas.
Si a tus maestros los fusilan.
Si envenenan tus aguas.
Si venden hasta tus uñas:
No te calles,
por más Rey miope que te increpe.

Señales

La vida nace desesperada por habitar el mundo. No se conforma con saber llorar, gatear, con que algún alma piadosa le suene los mocos y le ate los cordones. No. Quiere más. Necesita más. Por eso desarrolla palabras a medida de lo que lleva en la sangre, para poder transmitir sus contradicciones y sus amores terribles; para soportar la lucha entre el sueño y la vigilia con dignidad.
Nada menos que el lenguaje (en todas sus formas) como fusil contra las propias miserias vitales. Y así vamos, desparramando palabras por doquier. Y con ellas se escapan alguna que otra caricia y varios golpes mortales.
Por eso hoy propongo inventar señales a medida. Pintar bicisendas clandestinas en nuestro barrio, inaugurar plazas con algún nombre querido, arrancar los carteles de stop, cambiar el de "no pisar el césped" por el de "prohibido no disfrutar del césped", advertir sobre las rectas aburridas; inventar el de permitido jugar siempre, toda la vida, aunque esta pretenda triturarnos porque, al fin y al cabo, lleva el mandato de morir y sólo está cumpliendo órdenes.

Andén

Foto Robert Gligorov
Entrado en años y canas, ese hombre llora.
Con los labios rojos, la mujer recuerda.
En la estación de tren un joven espera la muerte.
El hombre piensa en aquella piel con lunares.
La mujer aún siente el perfume de su nuca.
El muchacho percibe la vibración del suelo.
Él extraña sus manos sobre la espalda.
A ella le hace falta su abrazo húmedo.
El chico se acerca al borde del andén.
El hombre desea el susurro de su boca tibia.
Ella añora los domingos de lluvia con él.
Pero el hijo que nunca tuvieron toma impulso
y salta
.
En la estación vacía quedan los dos, sin reconocerse,
junto al mismo sueño muerto.

Menos veintiún gramos

¿Somos un cúmulo de uñas? ¿Una montaña de pelo? ¿Un trozo de carne? ¿En qué nos convierte la ausencia de los lugares amados? ¿Quién salvará los besos que dimos, los fluidos nocturnos, los amaneceres de verano en los que yacíamos desnudos? ¿Qué clase de monstruos seremos al olvidar ese perfume? ¿Qué será verdad luego de mentirnos tanto? ¿Sabremos escaparnos de nuestra propia trampa? ¿Seremos capaces de sentirnos vivos entre cadáveres de días? ¿Quién dormirá por nosotros junto al cuerpo amado? ¿Qué sentido tiene la boca sin el deseo de besos? ¿De qué color es esta luz negra que muerde dentro? ¿Se puede abandonar el sabor de una piel? ¿Qué ocurrirá cuando terminen de devorarnos, de consumirnos, de distraernos, de ocupar nuestro tiempo? ¿De qué material estaremos hechos cuando nos convirtamos en todo aquello que odiamos?

Caminos

Bastará una carretera desierta para que todo se transforme y el pasajero mute hasta convertirse en asfalto. O seremos eso, minúsculas entrañas en los parabrisas. Soñaremos masticados por el tiempo, como mariposas grises. Y en esas imágenes de trenes que floten, arrastrados por un río arcilloso, se nos irán los recuerdos a poblar otras vidas.
Mañana te despertarás y es probable que los sientas pegados a la sangre. Serán tuyos. Y el camino seguirá. Al fin nos detendremos en un hotel para reposar los huesos; hallaremos una cama sucia donde desmayarnos y soñar con esos ríos que arrastren cosas.
De seguro hará frío. Las lámparas desistirán mientras la noche caiga, fulminada y ciega; o cuando en la penumbra del cuarto, tu cuerpo, ya solo, rece palabras viejas.

Plan de huida

Foto Dimitri Daniloff
Y si queremos escapar de nosotros
y lo logramos

Y si necesitamos arder
y descubrimos la sangre mojada
Y si el dolor nos muerde hasta la sombra
y de la risa sólo nos quedan muelas emplomadas

Y si esta vida se extingue como especie única
y el amor es un cazador sin alma

Y si caemos bajo, más bajo que el olvido,
y aún nos acompaña, deshecha, aquella cama

Y si huir así era mentira,
y el cuerpo, animal porfiado, reclama el olor que calma

Y si la carne grita envuelta en fluidos,
y somos dos huérfanos que se abrazan

Y si ya no hay otra vez, ni existe mañana,
y dejamos por fin de amar nostalgias

Y si al llegar al punto de fuga anhelado
nos espera la Nada disfrazada

puede que lo que hayamos abandonado
no haya sido la cáscara.

Inofensiva poética

Preparados.
Cae una tempestad negra sobre el mundo.

Apunten.
La lluvia ácida cala en la piel de los ángeles.

Fuego.
y dibuja otros mundos posibles.

 

Cadáver madreselva

Foto Parke Harrison
Otra vez.

Me sacudo el dolor y tu risa, me escapo del silencio;
me disecciono las manos
y disemino esta mentira de besos.
Pero ahí está esta tristeza esperándome.
Me fagocita su olor negro.
Lloro una muerte. La piel instalada en el recuerdo.

Lloro lunares y mates. Lloro mi cuerpo vacío.
Y cuando siento que ya está, que ya basta,

que se vaya, que estoy harta, que estoy muerta:
me brotan raíces.
Soy un cadáver madreselva.

La enredadera de mi pelo escala fotos viejas
y me muestra que ya no seré la misma.
Esta dulzura absurda se derrite.

Me espera el olvido.

Y ahí voy, recorro a desgano
los senderos del miedo.
Tal vez encuentre una boca que me indique
dónde se halla el cementerio
que llevo dentro.

Fluir


Foto Dimitri Daniloff
Sabía que ese perfume era inconfundible. Aquella noche empezó a enamorarse. Las hormonas bullían y en su cuerpo se cocía a fuego lento el deseo de piel. Estaba ávido de besos y se bañó en la humedad de su boca. Esa voz le evocaba un susurro de la infancia, una conexión secreta con el juego y lo prohibido.
Hacía poco que se conocían pero él sabía que la había encontrado. Pensó que lo mejor sería dejarse llevar por su cintura, que esta lo condujese a un mundo de deleite reservado para sus manos. La suavidad de aquella noche enloqueció sus sentidos. Se convirtió en un esclavo de su pelo negro, de la textura de sus dientes.
A partir de aquello su vida anterior le pareció mediocre y despreciable. Dejó su casa, modificó su nombre. Cambió de marca de shampoo y hasta de amigos. Pero el espejo, imagen del hastío antiguo, se había convertido en su peor enemigo y por ello lo evitaba. Se decía "He mejorado" y pasaba los días escapándose porque era la única manera de mantener su farsa.
Hasta que después de un tiempo vio el reflejo de ambos y se asustó, sus sentidos le habían jugado una mala pasada. Ella poseía una naturaleza peculiar. Y en su pecho ya habían asomado escamas verdes. Tenía los ojos rojos y desorbitados. Por fin su pesadilla se había cumplido, ahora era otro.

La caja

La mujer arrojada a la caja del olvido aún respira. Tiene el cuerpo dolorido. Un rayo de luz entra por una grieta del techo. Ve que la rodean cientos de objetos y se incorpora, camina entre ellos. Se topa con soldaditos enterrados en la infancia, hasta con un limonero. Hay olor a césped recién cortado. Se da cuenta que se halla atrapada en la desmemoria de alguien.
Ahora la inmensa caja de cartón huele a zanja. Sigue esquivando cosas a su paso. La mujer lleva un vestido rojo. Sus manos rascan las paredes gruesas pero no hay salida. Grita y no se reconoce al escuchar su propia voz.
Revisa los objetos en busca de una herramienta que le permita escapar. Estos vuelven de inmediato a su posición original. Encuentra su risa en una foto. “También se ha olvidado de esta” se dice con tristeza. Escucha una conversación de amor, la acústica es buena. También oye gemidos y risas antiguas.
Está agotada. Se queda dormida y sueña. En su sueño, la mujer es libre. Percibe caricias y un “buenos días”. Allí hay un domingo de mates en la cama y cerraduras que hacen ruido y anticipan besos. En su sueño, unos ojos negros la observan con ternura.
Pero se despierta sobresaltada por un golpe. Alguien ha arrojado más cosas dentro de esa caja donde se encuentra. Ahora a su lado hay una pila de palabras. Algunas son pequeñísimas y no puede leerlas. De repente una sombra le afirma “Te he visto antes”. Camina hacia ella. El espectro tiene las caderas anchas. Lleva el pelo recogido. Ahora puede ver que posa su mirada hermética sobre el vestido rojo. Parece acostumbrada al olvido, la mira con desprecio.
La mujer se esconde y siente un terror que la recorre entera. Solloza tapándose la boca en la caja del olvido. No sabe rezar. Llora como si fuera la primera vez o la última. Escucha los pasos de la sombra que se acerca. Es entonces cuando observa que la mancha de agua ha perforado el cartón. Y consigue escapar.

Frágil

Foto Arnildo
La materia de la que está compuesta la sangre: se rompe.
Basta un soplido en ella para que las arterias exploten.
Las vías por donde circula el deseo se colapsan.
Y lo que era caricia se transforma en penumbra.
Las uñas son llagas; la boca, beso deslenguado.
El tiempo, paulatina muerte; la soledad, multitud rabiosa.
Todo se modifica si las manos tocan ausencia.
Cuando la cama es un barco a la deriva
uno se harta de extrañar.
Y no queda más remedio que beberse a sí mismo,
después de brindar con una copa rota
por lo que fue.

Amor II


Foto Antonio Mas Morales
Había algo en ella que le decía que aún quedaban cartas sin escribir, discusiones políticas, domingos invernales en la cama. También broncas por quién debía lavar los platos, carcajadas, hijos esperando nacer, sábanas manchadas de placer y piel por acariciar.
Cientos de palabras giraban a su alrededor como moscas. No sabía qué significaba una en particular. O le parecía una cursilería. "Qué palabra de mierda", mascullaba.
Pero esa palabra-gusano se le había metido en las entrañas y tenía miedo de lo que pudiera hacer por su causa. "Estoy enferma", se decía. Y ante la menor duda, lo observaba buscando ese algo que los distanciara, que la redimiera. Pero nada.
Hasta que una mañana se despertó y notó algo extraño. Una mirada ausente, un abrazo torpe, un desprendimiento.
Juntó coraje sabiendo que ese podía ser el instante propicio de emancipación de aquella maldita palabra. Y volvió la mirada sobre él, que ya no estaba.
El primer día de libertad fue algo raro. El gusano ya tenía prole dentro suyo y ahora conformaban una gran familia. Su cuerpo se había convertido en un tejido desesperado de palabras. Y para colmo, eran palabras de amor.

Pozo

Me sorprende esta tristeza de muñeca rota.
Un mundo acuático palpita en mí.
Sangra la grieta por donde se escapan besos.
Los relojes se niegan a detenerse.
Las manos se diluyen.
Y amo, huyo, encuentro;
duelo, extraño, amo
tu perfume ausente.

Pequeña venganza literaria

Imagen David Lynch
Había vampiros esperando tu cuello. Se agazapaban en su soledad; se retorcían en la sombra, mientras hallaban el momento oportuno para dejarte su huella de propiedad. La marca de su boca.
Ahora sos un fantasma sin hijos, una parte de algo muerto. Tu pelo es una nube de smog. Te sentís una caricatura cobarde en un país extraño, un híbrido lleno de incertidumbre. Tus manos están torpes y buscan ese interruptor que te saque la angustia, se desesperan por encontrar la llave de luz. Pero es de día. Sos vos el que está ciego, chupado por el espectro pálido de tus sueños. Ya no sos amado por nadie. Has destruido todo. La sangre se te escapa por la piel, te has abandonado en una de las cajas, pero todavía no te diste cuenta.
Ahora hay silencio en esta pequeña venganza, en este dolor que crece y se expande, hasta convertirse en nada. Tu risa estalla, te domina la ternura mientras besás al vampiro. Y yo pienso “buen provecho”, al escuchar el eructo del olvido después de que te ha devorado.

Casa vacía

Foto Olivier Christinat
Hay plantas carnívoras en la cama.
---------------- Armarios d e s m e m b r a d o s.
Fotos escondidas.
---------------------------- El cuerpo r-o-t-o.
------------------------------ Un vacío de besos.
Voces muertas en el contestador.
----------------- La cerradura muda.
Tu ausencia llenando hasta la taza del café.
--- Mis manos sin sentido y las ventanas cerradas.
Este yo tan solo
a punto de desaparecer, o de ser otro.

nOSTALGIA

cAMINABA DORMIDA DENTRO DEL AGUA. eL RIO DE LA PLATA REGABA LAS PLANTAS GRISES.
tUVE QUE SUBSISTIR A BASE DE PECES. mE LOS COMÍA VIVOS, ME ENTRABAN POR LA NARIZ Y POR LOS OJOS. tAMBIÉN BEBÍA MILES DE LITROS DE AGUA DIARIOS.
dORMÍA TAPADA POR CARACOLES OSCUROS QUE SE OBSESIONABAN POR ENTRAR EN LOS CAFÉS DE LA CALLE cORRIENTES. nO LOS DEJABAN, POBRECITOS, AUNQUE MUCHÍSISMAS VECES HABÍAN INTENTADO COLARSE (pERO DÓNDE SE HA VISTO A CARACOLES VENDIENDO FLORES, ERA EVIDENTE EL TRUCO).
lA FAUNA ACUÁTICA ME TEÑÍA LA PIEL DE MORETONES. aMABA A GENTE ANÓNIMA Y PERDIDA COMO YO.
pOR ESO VOLVÍ A MI CUEVA, EMPAPADA DE SUEÑOS TERRENALES Y ABSURDOS.
aHORA HABITO ESTA HERMOSA PECERA, QUE QUEDA EXACTAMENTE EN EL CENTRO DE ALGO.

Subte A

Soñé que me pasaba a buscar a mí misma. Me veía con cuatro años. El yo grande llevaba a pasear al pequeño en subterráneo (algo que amaba a esa edad). La tomaba de la mano. Parecía como si me estuviera esperando. Contemplaba el mundo enorme con sus ojos marrones. Las dos dábamos un paseo sin hablar, con una complicidad extraña. Ella veía pasar las estaciones, se colgaba de la ventana, lo disfrutaba. Las manos le olían a galletas de leche. No era tristeza lo que nos iluminaba la cara, más bien cierta nostalgia.
Al anochecer la dejaba en casa de los abuelos, mientras un puñado de vecinos curioseaba detrás de las ventanas.
La recuerdo despidiéndome desde el viejo umbral de mármol, apenas un segundo antes de que alguna de las dos despertara.

Niñez II

El abuelo me contaba cuentos. Sus ojos pequeños hablaban de los juegos en el patio de la escuela, de sus amigos del barrio, de la guerra.
Yo estaba a merced de su voz. Me acunaba su nostalgia de emigrado, cada una de las óperas que silbaba al dar su vueltita por las tardes.
Era música también el ruido de sus zapatos gastando el pavimento y los envoltorios de caramelos que crujían en su bolsillo.
Fuimos amigos. A veces nos peleábamos. Otras jugábamos a las escondidas, pero yo sabía que él siempre estaba allí, al acecho de mi soledad, aunque se ocultara.
Hasta que una tarde se diluyó. Y poco a poco conseguí oir acordes donde otros escuchaban zumbidos.

Memoria de pez

Nos comíamos unos a otros. Nos reproducíamos también en las ciudades, ocultos en piletones de piscifactorías. Éramos el espíritu que reinaba sus cloacas, ciudadanos de ese mundo apocalíptico.
Yo era más afortunado: vivía mar adentro y por entonces me había enamorado de unas aletas pequeñas, tiernas, que perdí de vista porque siempre he tenido mala memoria para las caras.
Pero no me resigné, la busqué en otras. Me acerqué a todas, rocé sus escamas con la esperanza de encontrarla en la multitud del océano.
Estaba enfermo de ella.
Entonces hubo un guiño inequívoco, dejó un rastro perfumado y la reconocí. Con las pocas fuerzas que me quedaban fui en su busca, y al llegar comprendí lo que temía: el vestigio –eructo de agua– conducía a mi estómago, sus espinitas aún me hacían cosquillas en la tripa.

Ritual

Foto Claude Fauville
Un resplandor negro te rescata.
Esa imagen a punto de nacer
se proyecta sobre una pena de tela.
Entonces la cara se te transforma
y sos una jaula humana llena de gaviotas negras.
Tu voz es un templo ancestral
que contiene el secreto de camas deshechas.
Hay un impulso que te arrastra
y se desmayan tus manos en las entrañas rojas.
Acarician, susurran silencios, tus uñas rotas.
Y una piel que ha luchado cuerpo a cuerpo
hasta reconocerse otra,
te recibe.
Ya casi todo ha muerto menos la memoria.
Continua mordiendo la sangre
el recuerdo de tu boca.

Punto


Foto Dimitri Daniloff
Estaba a punto de sucumbir en silencio, de contar ovejas muertas, de decorar mi casa con flores marchitas; de pedirle al verdugo del cadalso secreto (ese que no ha matado a nadie todavía) el privilegio de sus manos.
Estaba a punto de a r r a n c a r m e los dientes y el espanto; de fagocitarme a mí misma como si de un extraño manjar se trartase; de concederme un último desvarío y andar con las tripas llenas de mí.
Estaba a punto de ser el centro de ese universo negro, donde todo confluye de manera inequívoca; de convertirme en una Nada que se amontona, en otra chatarra cósmica.
Estaba por cortar los cables y desordenar las letras; por abandonar de una vez el milagro de sangrar este papel.
Y, sin embargo, no había comprendido que llevaba tiempo muerta.

Huir

Teníamos todo perfectamente planeado. Lo haríamos esa misma noche, en silencio, apenas con un par de cosas en la maleta, saldríamos en busca de otra realidad.
Ambos teníamos sueños sin consumar, pesadillas por cumplir a medias y el deseo de un cambio de rumbo que nos condujera a lo que los otros llamaban "felicidad" y que nos imaginábamos como una fiera que huía.
Por entonces el mundo estaba a punto de una guerra contra hombrecitos hermanos. Teníamos miedo de ser uno de los soldados, de que nos empujaran a destripar niños como era tan frecuente.
Salí con mi maleta en medio de la penumbra hasta el lugar convenido. A lo lejos distinguí una sombra. Te encontré desnudo en medio de la calle, tus heridas sangraban. Las uñas sucias me cavaban el vientre como buscando asilo. Me miraban unos ojos que provenían de un pozo, ya no eran los de siempre.
Me quedé a tu lado esperando que vengan a buscarme. Estabas cada vez más helado, te abracé para despedirme. Luego cerré los ojos del delator, o los tuyos, y escuché las sirenas.

Nacer

Foto Jenni Tapanila
Salí de este encierro para encontrarte.
Yo era un trozo de nada dentro de un caparazón.
Era un secreto bien guardado, casi mudo.
Un lugar en el mundo estéril,
con ganas de nacer.
Entonces escuché un golpe.
Tu mano destrozó la cáscara, me invitó a la vida.
Me hamacaba en cuanta plaza encontraba por el camino.
Hasta me bañé desnudo y una carcajada nació de mi estómago.
Cuando giré para hacerte cómplice, no estabas.
Te busqué por todos lados. Sentí soledad.
Volví a mi cueva.

Allí estabas.
Acurrucada en el hueco, con los ojos abiertos,
por fin habías encontrado el mejor lugar para morir.

Dios


Foto Chris Sickels
Yo soy mi propio títere.
Estoy hecho de cartón y piel.
Mis ojos se derriten de tinta.
S u d o   s m o g
Y sueño con despertarme humano algún día.
Ya no aguanto más,
una de estas tardes cortaré los hilos,
r e v e l a r é
mi verdadero yo:
deseo ser un hombre
que fabrique juguetes
parecidos a sí mismo,
y se esconda
dentro.

Justicia

"El culpable quiso huir, lo intentó. Había robado una taza de leche, dejó huellas por todos lados. Esto es una guerra, no existe la palabra asesinato. En todo caso los crímenes que se procuran son en defensa propia, defendemos el sistema de bienestar de la comunidad entera. Hubiese visto su cara, daba asco. A esa lacra hay que eliminarla, apretar el gatillo, limpiar la ciudad sin pensárselo demasiado. Son astutos, sigilosos, roban por gusto, están enfermos. Nosotros somos los responsables de velar por la seguridad, es nuestro trabajo. Cualquier medio está bien justificado por el fin. La vejación es parte del juego: reducirlos a estado de cucaracha, que se sientan humillados ante el poder de la autoridad.
Todo iba bien, le juro que ganábamos esa guerra, hasta que entré a mi casa y vi a ese sujeto reflejado en un espejo, un maldito con uniforme, un loco que se apuntaba a la cabeza. No me reconocí y disparé por precaución"

Antropófago

Foto Robert Gligorov
A medida que la glotis se cierra
las palabras estallan.
He buscado tus huesos en las entrañas húmedas,
pero tu cuerpo navegó deshecho.
Los dientes mordieron la piel sin tregua.
Te amé mientras cavabas surcos perfectos.
Y antes de masticarte, probé tu boca.
Me bebí los ojos de un sorbo, como si fueran vino negro.
Vos te divertías ciego.
Tu risa cruzaba la tarde de punta a punta.
Llovía a cántaros.
Las sábanas sudaban cuerpos.
Yacíamos desnudos, sin piel,
mucho antes de la muerte orgásmica,
aún antes de quedarnos solos.
Uno dentro del otro. Engullidos, desarmados.
Y ahora, mientras las calles se inundan,
ya no estás.
Y me crecen peces dentro.

Raro

Cociné a Dios sin querer
y ahora toda la casa huele a laurel sacrílego.
Cada vez que paso cerca de la boca del subterráneo
no puedo dejar de besarla.
Mi escondite está a la vista de mis vecinos.
Descarto el tarot y los juegos de mesa.
Me dan urticaria las fichas de colores y las médicas.
Soy alérgico a las cartas de pócker,
por eso tampoco cultivo el género epistolar.
Supongo que Aries es mi signo lingüístico.
Muchas veces tengo miedo de que este mundo esté al revés
Y haya explotado para adentro
Sin que nos diéramos cuenta.

Amor

Nos miramos frente a frente. Tu pequeño cuerpecito se escabullía entre mis manos. Era suave. Tu voz volaba como por descuido, me susurrabas algo al oído en un idioma extraño. Pensé "otra historia de amor del montón". Tenía miedo pero aún así algo me atraía. Tus piernas largas se apoderaron de mí, me absorbió por completo esa humedad. La lengua se enterró hasta el cuello y pude sentir el sabor de tus entrañas rojas.
Tu belleza se enredaba en las cortinas, por momentos desaparecías. Pero sabía muy bien que estabas ahí porque escuchaba tu respiración, ese latido invisible por el que me sentía perturbado. Tu figura como al acecho esperaba el momento de dar el gran salto. "Otra vez, no. -Te supliqué- Estoy agotado". Con el correr de las noches empalidecía cada vez más y me iba convirtiendo en un minúsculo artefacto, una pesadilla soñada por Bukowski. Pero aquello era real, yo empequeñecía a una velocidad increíble.
Una tarde golpearon a la puerta y no llegué al picaporte. Pasaron los días. En mi espalda pequeñísima se abrieron dos grietas y de ellas brotaron unas alas verdes. Las movía torpemente, me posaba sobre la mesa de luz y probaba dar un salto, suspenderme en el aire. El día que lo conseguí tenía demasiada hambre como para festejar nada. Me escabullí por debajo de la puerta del cuarto y llegué a la cocina. Sobre la mesada había un pedazo de carne cruda que olía a podrido y la chupé con avidez.
Vos te reías. Poco a poco te alejaste como si hubieras cumplido la misión encomendada, estaba claro que ya no sentías más que pena por mí. Te maldije en voz baja, no pude llorar. Deseé tu inminente aplastamiento. Que explotaras, no verte nunca más.
Ya desnudo y solo volví a tener languidez. Volé hasta la ventana entreabierta y vi pasar una mujer de labios carnosos. La deseé de inmediato. Me enredé en su abrigo, sentí arder la sangre y dejé que me llevara.

Compañera

Vino a buscarme. Me mostró sus dientes enormes y susurró un verso de Baudelaire. Tuve una sensación tan triste como de baldosa rota los domingos. Apreté los dientes, la miré a los ojos y le pedí que esperara.
Me resistía a pasar la vida huyendo de ella. Ahora que la conocía en persona descubrí que no me daba tanto miedo como imaginaba.
Ella era intuitiva y aplomada. Se quitó el abrigo, lo estiró con calma y lo colgó. Acto seguido, se acomodó debajo de mi cama.
Cada tanto me olvidaba de que estaba allí y en un descuido, al recoger unos zapatos o cualquier objeto, la imagen era desoladora. Me llevé varios sustos antes entender que seguiría agazapada hasta el último día. Tenía un libro en sus huesudas manos del que no llegaba a leer el pequeñísimo título, por más que me esforzara. Seguro que le fascinaban las historias de héroes porque infinidad de veces las relataba dormida.
Yo encendía la luz sin hacer ruido, me asomaba por debajo y allí estaba ella, con los calcetines de almohada. Hasta llegué a tomarle cierto cariño. Pero cuando veía sus uñas manchadas de un rojo intenso, se me revolvían las tripas. Su ropa arrugada olía al sudor de la otra gente a la que había visitado.
Durante bastante tiempo llevé una vida normal. Tuve amantes a los que les pedí discreción para no despertarla. En el cuarto había caricias mudas y conversaciones en voz baja. Había orgasmos y desayunos en la cama sin una sola palabra. Besos, humedad, manchas de placer.
Pero sentía su respiración pronunciada y sabía muy bien que seguía esperándome. Perduraba un reclamo tácito en su mirada controladora.
El último día me desperté de madrugada y recogí algunas cosas. Hice una maleta pequeña, guardé fotos y algo de ropa. Después de cerrar la puerta de entrada, busqué una alcantarilla y tiré las llaves, recordando el final de un cuento de Cortázar "no fuera que algún pobre desgraciado se le diera por entrar a robar" decía, me lo sabía de memoria, como si de un plan de escape se tratase. Por clemencia tomé la misma precaución.
El amanecer me encontró en medio de una ruta sin letreros, me dolían los pies. Me senté a descansar un momento y vi en el reflejo de un coche que llevaba puesto su abrigo.

Angel asesinado

Creí que te habías ido, pero fue el otro quien escapó. Vos te quedaste quietito, con tus manos heladas de espanto. "Me abandonaron" susurraste.
Después se te cayeron los ojos al agua. Los buscamos pero fue inútil.
Yo me mordía los labios por no llorar "¿Estás ahí?'" me preguntaste con debilidad.
"Sigo aquí, no te preocupes" alcancé a decir, antes de que tu cuerpo desnudo se partiera.
"Estos malditos periódicos" pensé acariciando tu tez quebrada, que yacía con una dulzura increíble.
Te amé esa tarde, mientras dejabas de contarme historias. Tu perfume sangraba lucidez.
Cómo no morirse de pena en este mundo. Me limpié los ojos embarrados, me puse el traje de tu piel y salí.

Marionetas

Sospecho que hay espías.
Imágenes que son observadas, masticadas.
Palabras deshechas. Silencio.
Y una foto falsa instalada al costado
de alguien que seguramente ya no existe.
Las imágenes se diluyen a cada rato.
Este es un lugar extraño como otros,
donde reina el abandono. Otro más.
No es el sitio de las frases geniales,
ni el adecuado para desatar los pseudónimos:
títeres que se animan a lo que uno no,
mientras el animal político es enjaulado.

Matar Poetas

Esta mujer es la poesía robada.
Corta bocas y las pega en sus papelitos blancos.
Recoge palabras que le gustan, que la incomodan, palabras a las que teme.
"Es una mala poeta" afirman algunos señores.
"Esa imagen es mía" grita otra voz tras la ventana.
Todos se ponen de acuerdo en terminar con ella.
Una guillotina invisible los deja tranquilos.
Rueda su melena roja.
Pero esa noche los verdugos duermen y sueñan.
En su interior, en retazos de celuloide, se proyectan los sueños de la muerta.

Sueño










El animal que lo habita
sueña que gime.
...............................................................
La noche le quema los ojos de placer.
Le brotan hijos como palabras.
Luego ve gigantes pequeñísimos buscando su identidad.
Y mientras duerme, lo sobresalta el resplandor negro de la muerte.
Aún es de madrugada cuando la bestia se le desvela dentro.
Se transforma en un ser corriente, va al trabajo.
En la calle reconoce a cientos de ellos,
son como insomnes peinados, ojerosos, rancios,
con caricias siempre a punto de sangrar.
Ya no se siente tan solo, se pierde entre la multitud.
Sabe que regresará a su cama y se reconocerá.
Pero es al volver que comprueba que la bestia se ha ido,
que ya es otro.
Y por primera vez está vacío, no queda nadie más.

Palabras

Una fuerza se apodera de tus manos.
Señales de humo o símbolos, secreto crujido de bichos.
Se amontonan
en una manifestación de sentidos.
Es el tiempo de salir del agujero.
Procesan como hormigas una tras otra,
desobedientes, apasionadas, tenebrosas,
arrasan con cualquier intento de obstáculo.
Son un ejército ciego que busca sentido.
Mueren algunas, resucitan otras.
Las entrañas les marcan el camino.
Por obstinadas, dejan huellas dolorosas.
Creen en el milagro de su fragilidad.
Palpitan, muerden, arden, quiebran
antes de llegar al sino.

Niñez

Hay veces en que la tristeza tira la puerta abajo.
Si golpeara no le abriría, pero entra y muerde.
Como un perro rabioso, devora las entrañas y el sueño.
Es imposible ignorarla.
Entonces imagino una ventana por la que mirar el mundo,
por la que escapar de la conciencia,
que tiene cortinas rojas y macetas.
La salto. Corro a través de la maleza
Pero es al girar que advierto lo que me temía:
me acompaña una sombra igualita a mí
buscando puertas que echar abajo.